La cita, aquel martes 29 de julio de 2014, lo cambió todo. Tres días antes habían sufrido una dolorosa derrota en semifinales del World Padel Tour de Málaga frente a Maxi Sánchez y Sanyo Gutiérrez. Era la segunda de la temporada pero significaba estar fuera de una final por primera vez en el año.

 

La charla apenas duró 15 minutos pero sirvió para poner fin a una etapa gloriosa de 13 años en la cima. Aquel día Fernando Belasteguin le comunicó a Juan Martín Díaz su voluntad de romper la pareja más célebre del padel. La decisión se hizo efectiva meses después, ya en 2015, y supuso un drástico cambio de agujas para dos trenes que separaron definitivamente sus caminos.

 

Desde entonces, Bela ha mantenido su exitosa trayectoria ya sea junto a Willy Lahoz o con Pablo Lima. Más allá de los seis títulos (seis de siete), sobre la moqueta el de Pehuajó (con algunos matices) no ha dejado de ser el Belasteguin de siempre. Aguerrido, trabajador, táctico, agresivo, irreductible. Todo lo contrario que Juan Martín Díaz. La separación le ha dejado en fuera de juego, le ha arrebatado una identidad que ahora busca contra viento y marea.

 

Durante 13 años, El Galleguito, uno de los talentos más grandes de este deporte, gobernó el padel mundial. Contó para ello con el tajo de un luchador infatigable, la brújula de un estratega monumental, el carácter de un guerrero imponente, la complicidad del gran Fernando Belasteguin. Con el tiempo, esa entrega del argentino de Head acabó generando una sobreprotección de Martín Díaz en la pista que resultó providencial para su juego. Hoy, en cambio, aquello se ha convertido en una auténtica condena.

 

El propio Juan, ante las cámaras de World Padel Tour, lo ha resumido con tanta naturalidad como sinceridad. “Ese es el mayor problema, creo que Bela me mal acostumbró demasiado,…me cuidaba demasiado; creo que en él recaía todo el peso del partido y yo se lo dejaba porque nos iba bien”.

 

En efecto, para el marplatense fueron casi tres lustros preso de una exitosa rutina.

 

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Juan Martín Díaz y Juani Mieres. Foto: FEP.

 

En 2015, Juan se unió a Mieres pero decidió seguir siendo el mismo Juan Martín de los 13 años anteriores. El esquema que le había funcionado con Bela igual podía servirle. La prueba, en cambio, resultó un fiasco. En los primeros cinco torneos de este año junto al hispano-argentino de Dunlop, nunca tuvo opción de pelear por un título al no pasar la barrera de las semifinales, una desastre inédito para él.

 

En ese periodo, Mieres no fue capaz de asumir el rol de Belasteguin. No es un reproche. En verdad, no hay nadie que pueda hacerlo. No hay quien, con su despliegue, con su intensidad, con su firmeza y agresividad, permita a Juan Martín plantarse en la cinta y gobernar la red con su trazo imponente. No hay quien tenga la personalidad, el arrojo, la osadía de asumir el peso de cada partido ante un genio como él. No hay quien sea capaz de mirar a los ojos de este mago y exigirle cada vez más.

 

Nadie más que Bela permite a (este) Juan Martín ser él mismo. O dicho de otra forma, durante 13 años, el dique de Belasteguin ha ido perfilando a un jugador monumental que hoy, sin embargo, se encuentra extrañamente desubicado. Por eso, ahora es El Galleguito quien debe cambiar, reinventarse, buscar su nueva identidad y encontrar el camino que le haga aflorar su inmenso e incomparable talento.

 

Con Mieres, desde luego, no fue así. Las sensaciones sobre la pista para ambos fueron nefastas. El propio Juan Martín lo expresó con absoluta claridad en la televisión oficial del circuito: “Espero eso, empezar a sentirme cómodo dentro de la pista, recuperar la confianza que la tengo por los suelos. No sólo por los resultados sino porque no me está gustando lo que estoy aportando”.

 

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El pasado 21 de junio, El Galleguito anunció la ruptura con Mieres y su unión con Maxi Sánchez. El Tiburón de Bullpadel rompió su trayectoria de tres años con Sanyo Gutiérrez para unirse a uno de los más grandes de la historia de este deporte.

 

El cambio no ha sido sólo de compañero, también de actitud, de mentalidad, de voluntad. Un paso necesario, obligado para quien merece tener un final de carrera a la altura de su leyenda. Desde entonces, en dos torneos, la recuperación de Martín Díaz, su acoplamiento a su nuevo compañero, ofrece ya señales esperanzadoras.

 

En Mallorca, se impusieron a parejas como Agustín Gómez-Silingo y Cristian Gutiérrez (1-6, 6-3 y 6-3) y a Paquito Navarro y Matías Díaz (6-3 y 7-6). Y en Málaga, Martín Díaz y Sánchez se midieron con éxito en su camino a Aday Santana y Willy Lahoz (6-3 y 6-2) Sanyo Gutiérrez y Juani Mieres (6-3, 5-7 y 6-4). Triunfos destacables todos ellos, valorables, pero no definitivos.

 

En ambas pruebas, sin embargo, tropezaron con la misma piedra, una granítica y monumental roca, la verdadera medida del éxito: los números uno, Fernando Belasteguin y Pablo Lima.

 

En la final del Open de Mallorca, Juan y Maxi dejaron escapar un 2-4 con el saque y acabaron perdiendo tras ceder un escandaloso parcial de 10-0 (6-4 y 6-0). En la final de Málaga, la ventaja para el de Drop Shot y su compañero fue de 4-0 y saque, les remontaron y cedieron el primer set en el tie break. En el segundo, con un 5-0 en contra, Bela tuvo molestias musculares y redujeron la distancia pero acabaron también derrotados (7-6 y 6-3).

 

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Juan Martín Díaz. Foto: WPT.

 

En ambas derrotas hubo detalles significativos, ilusionantes aunque también errores capitales.

 

A Juan Martín, consciente de que la transformación debe llegar de su mano, se le aprecian gestos interesantes. El de Mar del Plata ha reducido considerablemente la distancia con su compañero en la pista. Su lenguaje corporal, su actitud sobre la moqueta expresa un cambio notable. Se empeña el de Drop Shot en que Maxi le sienta cerca en todo momento. No hay mejor manera para que el de San Luis soporte la presión que compartir la responsabilidad. Por eso, le espera junto a la puerta, le anima, le habla, celebra puntos y victorias; trata de construir una relación de igual a igual sobre la pista. Efectivamente, su implicación va en aumento pero, en el juego, aún no ha encontrado su nuevo rol, su nuevo espacio.

 

Por momentos, en Málaga, se vio un protagonismo mayor del de Drop Shot en la pista. Firme al fondo, eléctrico en sus transiciones y afiladísimo en la red, Martín Díaz emergió con brillo en algunas fases del tramo inicial del último duelo, un periodo en el que Maxi estuvo descomunal.

 

Sin embargo, cuando Bela y Lima desterraron la opción del cuerpo a cuerpo e inclinaron la pista sobre el de Bullpadel, las tinieblas devoraron a Juan, incapaz de rebelarse contra ese persistente ostracismo. La fórmula es sencilla y fácilmente replicable. Si Martín Díaz y su compañero no son capaces de encontrar un antídoto eficaz contra ella, sufrirán muchísimo.

 

“Creo que hoy necesito meterme un poco más en la pareja, volver a tener el protagonismo que tenía cuando empecé jugando con Bela. No es fácil, tengo 39 años, no tengo el físico que tenía en ese momento”, afirma el jugador en los micrófonos de World Padel Tour. El objetivo está claro; la tarea, en cambio, debe ser compartida.

 

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Juan Martín, en la foto de finalistas de Málaga. Foto: WPT.

 

Maxi debe contribuir también a esa incorporación de su compañero, abrirle paso. Y para ello, debe evitar derrumbamientos como los que sufrió en las dos últimas finales en las que se repitió el mismo guión. El de San Luis firmó un inicio de partido espléndido. Sostuvo el juego con un despliegue sólido, intenso y agresivo. Sin embargo, cuando sus oponentes reaccionaron, Maxi se diluyó hasta quedar irreconocible.

 

En la final del master malacitano fue aún más evidente. Bela acabó desgastando a Maxi en un duelo cruzado muy acentuado para el que ni éste ni Juan Martín tuvieron respuestas. La magia del de Drop Shot no debe quedar relegada a acciones puntuales en un encuentro. No, desde luego, sin Bela ahora a su lado.

 

Por eso, el hispano-argentino debe empeñarse en ser protagonista, en reconstruir su juego para tener peso de una manera regular, en conocer a su compañero, en elegir los instantes de arrebato pensando no sólo en quien tiene enfrente sino también al lado; en construir alternativas para evitar ser predecibles.

 

Fernando Belasteguin y Pablo Lima marcan el nivel; establecen la verdadera dimensión del desafío. Y, desde luego, enfrentarse a ellos no es nada fácil. Ahora bien, jugar contra los números uno siempre de la misma forma es, sencillamente, facilitarles demasiado el trabajo.

 

En Mallorca, tras adelantarse con un break, El Galleguito y El Tiburón no supieron conservar una ventaja que habían construido con un juego muy definido sobre Belasteguin. La respuesta de sus rivales les llevó a encadenar 10 juegos consecutivos para hacerse con el triunfo. En ese desplome, Juan y Maxi no tuvieron capacidad de reacción. Mantuvieron su apuesta hasta la última bola, inmutable pese a comprobar que no obtenían recompensa.

 

No es ese el camino del éxito aunque las dos finales suponen de por sí una luz en mitad del sendero. Queda ahora lo más difícil. La emersión del nuevo Juan Martín Díaz.

 

Cuando se separó de Bela pudo optar por la retirada. Hubiese dicho adiós desde el Olimpo. Pero decidió seguir para suerte de la afición y del circuito. Tiempo habrá para homenajes. Ahora, en este último trayecto, tiene ante sí un desafío imponente para mantenerse en la cima: dejar de ser quién fue para seguir siendo el mejor. ¿Lo conseguirá?

 

Al público lo tiene de su lado… A Bela, en cambio, le tiene en contra.

 

 

 

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