Abrazadas, de rodillas ambas sobre la moqueta de la pista central. A los pies de la catedral que, por fin, silencia sus campanas para que recoja el testigo la ovación de una grada entusiasmada con el partidazo que acaba de presenciar.

Así, las dos hermanas, dos mitades de una misma manera de entender el padel, se funden, se completan, se reconocen en la victoria como lo hicieron antes en la derrota.

La escena culmina la final femenina del Caja Rural Jaén Open 2018. Han transcurrido 21 días desde que fueron ellas quienes presenciaron el abrazo triunfal de sus oponentes, hoy derrotadas. Fue en Zaragoza, en su casa, ante su gente. Allí cayeron cuando rozaban la gloria. En su tierra sucumbieron cuando les bastaba apenas un suspiro para coronarse. Una derrota dolorosa, cruel, de las que se marcan a fuego y dejan una huella difícil de borrar.

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Ahora están de rodillas pero celebrando un triunfo colosal después de voltear una situación crítica. De la caída a la gesta. Jaén asiste a un triunfo monumental de estas dos hermanas con un significado que va más allá de un título, por más que sea el primero de la presente temporada.

En territorio andaluz, Mapi y Majo regalan una lección de coraje, fe y temple en condiciones muy adversas. No lo tienen fácil. Sus oponentes, Gemma Triay y Lucía Sainz, están en un momento de forma espléndido y amenazan seriamente su liderazgo en el ranking femenino World Padel Tour. Fueron ellas quienes les arrebataron la púrpura ante su público tras un épico ejercicio de superviviencia sobre el alambre. Y ese trago, desde luego, sobrevuela la central de Jaén desde la primera bola.

Por eso, la magnífica respuesta de las hermanas Sánchez Alayeto trasciende el resultado. Atrevidas desde el primer punto, salen decididas a mandar. No dejan espacio a la duda. Asumen la condición de la pista (con poca salida de pelota tras la lluvia de la noche y la mañana), buscan globos altos y se abalanzan sobre la red para bloquear y tomar las riendas del juego. Siete bolas de break en el primer juego acaban en una rotura. Una declaración de intenciones que conecta con el meridiano mensaje que lanzaron con el amargo sabor de la derrota aún presente.

Majo, en su página de Facebook: “Hoy toca aprender de esta triste derrota y levantarse con más fuerza. Somos mañas y seguiremos trabajando más duro si cabe”.

No fue un discurso impostado. Justo tras aquella víbora de Majo que envió fuera de la pista del Pabellón Príncipe Felipe y que certificó la victoria de sus adversarias, las de Star Vie iniciaron la digestión de lo ocurrido. Mapi también lo advirtió:

“De corazón os digo que lo seguiremos intentando. Sólo queda seguir trabajando duro!”.

Lo hicieron junto a su coach, Jorge Martínez, y su equipo de trabajo. Asumieron la derrota en ella, se buscaron a sí mismas para reafirmar sus fortalezas. Porque lo cierto es que, pese al resultado de la final del Open de Zaragoza, las números uno jugaron bien, y a ratos muy bien. De haber aprovechado cualquiera de las opciones que tuvieron, el diagnóstico hubiera sido distinto. Pero la bola no cayó de su lado. El ruido en torno a su derrota no fue fácil de asimilar por más que trataran de abstraerse.

Pero lo hicieron. Y alcanzan la final en Jaén. Y piden cita para la revancha contra sus verdugas, para el desquite contra los espectros de las dudas. Y se muestran convencidas y convincentes, con una puesta en escena osada, fiel a su ADN.

En efecto, en Jaén las gemelas no dejan de competir en ningún momento. Lo hacen contra dos fabulosas adversarias y también contra la amenaza de los fantasmas del pasado más reciente. Y eso que, por momentos, el guión de esta final rescata pasajes de la anterior. Gemma y Lucía, espléndidas, se reponen a dos roturas en el primer set. Después, tras ceder la primera manga, las de Nox logran aprovechar la única opción que se les presenta de romper el saque de una de las gemelas ya al final para anotarse el set e igualar el partido.

La situación reconstruye el escenario de Zaragoza (sin las dramáticas seis bolas de partido del segundo set). Sitúa a las dos hermanas frente a sus pesadillas. Más aún cuando encajan el break en el primer juego del tercer set. Todo apunta a un descalabro de las zaragozanas, golpeadas como en su tierra, doblegadas por sus rivales, devoradas por sus demonios.

En Zaragoza, la exigencia de sus rivales y la tensión emocional generó una combinación atroz que las consumió mental y físicamente (ambas requirieron atención de los fisios y Mapi acabó prácticamente coja). En Jaén, sin embargo, se reponen a todo ello. Lo hacen con su garra característica y su valentía habitual, y le añaden una pizca de luz. Porque Mapi y Majo sonríen. Lo hacen en el banco junto a su coach en varios intercambios. También sobre la moqueta tras algunos de los puntos o con el repicar de las campanas. Sí, es una sonrisa que deja asomar el arduo trabajo de tres semanas, la voluntad de sobreponerse a lo que fuera, la determinación de elevarse. Su entrenador las anima a insistir aún cuando las cosas no salen. Hay mucho trabajo acumulado, ahora es cuestión de fe.

Así, logran sostenerse contra las cuerdas, levantan un match ball en contra, consiguen un break cuando sus oponentes sacan para cerrar el partido y, en el tie break, anotan un parcial de 5-0 para remontar un agónico 5-2 abajo y hacerse con el triunfo final (7-5, 3-6 y 7-6).

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Por eso, abrazadas sobre la moqueta, estas dos hermanas celebran de rodillas mucho más que un título. Los detalles, como en Zaragoza, deciden la final entre dos parejas imponentes. El resultado puede ser distinto. Pero la certeza está en la capacidad competitiva, la fortaleza mental, la valentía y la resistencia a la adversidad que mostraron las gemelas, una luz que debe iluminarles el camino aún cuando las tinieblas amenacen con extraviarlas.

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