Las gemelas Sánchez Alayeto perdieron la final del Santander WOpen 2019. Jugaron peor que sus rivales y no consiguieron imponer su juego casi nunca.

Sin embargo, en esa derrota se esconde una virtud, en muchas ocasiones invisible, de estas dos hermanas. Es una cualidad en la que no siempre reparamos, distraídos por el trazo de su pádel y el brillo de sus títulos.

La exhiben cuando ganan y cuando pierden aunque no las reconozcamos por ello. En Santander, volvieron a mostrárnosla.

El coraje oculto de las Sánchez Alayeto

Hay derrotas tan reveladoras que alcanzan a explicar mucho mejor que cualquier triunfo la categoría de un o una deportista.

Ocurre con figuras como la de Nadal. Una buena parte de su leyenda se sostiene sobre su formidable resistencia a la derrota. Nunca sabemos si jugará bien o no, si ganará o perderá, pero siempre tenemos la certeza de que, en cada partido, con independencia de las circunstancias, su entrega será ejemplar.

A otro nivel, en el pádel, tenemos también algún caso de jugadores cuyo ejemplo trasciende el resultado. Sucede con Patty y Eli, un pareja que convierte cada enfrentamiento en un conmovedor ejercicio de superación que obtiene el reconocimiento incluso de sus adversarias.

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En cambio, hay otros exponentes de esto mismo a los que nos cuesta más reconocerlos porque les asociamos otro rol. Es lo que ocurre con las gemelas Sánchez Alayeto.

Estamos tan acostumbrados a verlas mandar (en el juego), ganar (partidos) y conquistar (títulos) que, en ocasiones, no ponderamos con justicia su capacidad para competir, su fe en el estilo, su coraje para no claudicar nunca y su determinación para enfrentarse a las adversidades. Porque las sufren y, como muchas veces salen airosas, parece que el mérito está en el resultado.

Sí, estas dos hermanas han ganado mucho. Y lo han hecho siempre a través de una forma de jugar muy reconocible. Pero detrás de ello hay infinidad de momentos complicados a los que han respondido con un arrojo formidable.

En verdad, mientras nosotros las reconocemos como campeonas, Mapi y Majo se comportan sobre la pista como meritorias. Hacen todo lo posible para mantenerse en pie (y casi siempre lo consiguen) y cuando caen, hacen lo imposible por levantarse (y también casi siempre lo logran).

Sus partidos contienen momentos que reflejan bien esta actitud. Su trayectoria ofrece episodios también muy clarificadores al respecto. El último ocurrió en la final del WOpen de Santander pero hay más.

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Foto: WPT.

Éxitos que ocultan su resistencia

En 2018, por ejemplo, Mapi y Majo sufrieron una de las derrotas más duras de su carrera. Jugaban en su casa. Era el tercer torneo de la temporada y aún no habían estrenado palmarés. Se enfrentaban en la final del Open de Zaragoza a Gemma Triay y Lucía Sainz. Nunca habían ganado en su tierra y, por fin, estaban a un palmo de conseguirlo.

Ganaron 7-5 el primer set y, en el segundo se colocaron con 5-3 al resto para cerrar el partido. No lo lograron pero tampoco aprovecharon su saque con 5-4. Llegaron así al tie break y se pusieron con un 6-2 a favor. Con el pabellón entregado, desperdiciaron esos cuatro match ball y dos más. Acabaron perdiendo la final en el tercer set. El golpe fue terrible.

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En el siguiente torneo, en Jaén, se encontraron en la final ante las mismas adversarias. Ganaron el primer set de nuevo por 7-5 y perdieron el segundo por 6-3. Empezaron con un break en contra en el tercer set pero consiguieron igualarlo. Alcanzaron el tie break levantando un match ball en contra por el camino. Sobre el alambre, se vieron con un 5-2 abajo. Los demonios de lo ocurrido en Zaragoza se relamían pero las gemelas no bajaron los brazos. Sin red, firmaron un parcial de 5-0 que les entregó el partido y el título.

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Este es muy significativo pero es sólo un ejemplo. Hay más:

Desde luego, su reciente vuelta a la competición juntas tras la lesión de Mapi siete meses después, ocupa un lugar destacado en este relato que incluye también el empeño de la jugadora por competir, pese a estar lesionada, el último tramo de la temporada pasada. Sin poder siquiera rematar, jugaron tres finales antes del Master Final y en todas exigieron a sus rivales un tercer set.

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En muchas de estas historias, las dos hermanas han logrado darle la vuelta a la situación. En otras, en cambio, no lo han hecho. Pero el intento ha sido innegociable. Siempre han respondido con fe y coraje.

WOpen de Santander: el último ejemplo de un esfuerzo bizarro

La final del pasado WOpen de Santander nos lo ha vuelto a recordar. No es necesario repasar todo lo ocurrido. Lo puedes leer en la crónica.

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Para el caso, nos basta con asistir a un momento crucial del duelo.

Es el tie break del segundo set. Gemma y Lucía gobiernan el juego con mucha soltura. Es su mejor partido en año y medio. Lo sufren las gemelas que no encuentran la manera de imponer su dictado. Lo intentan pero no dominan bien el espacio y, además (en muchos casos, como consecuencia de eso), cometen demasiados errores.

Han cedido el primer set con mucha claridad (6-2) tras encajar un parcial de 6-0 que pone a sus rivales con un break de ventaja en el segundo. Las hermanas logran cerrar la brecha pero no se imponen.

Gemma y Lucía agitan a Majo sin descanso. Desde su regreso, todas las rivales habían optado por someter a Mapi a un desgaste infernal para poner a prueba su estado. La jugadora, con el apoyo de su hermana, había resistido.

Sainz y Triay, en cambio, no la buscan a ella sino a Majo. La llevan más allá de la T y la obligan a volver a su espacio constantemente. Le niegan metros hacia la red y le amplían el campo hacia los laterales.

La hermana del revés pierde algo de filo, comete bastantes errores pero, aún así, no ceja y sostiene un despliegue kilométrico. No se detiene nunca. Ni siquiera cuando, en el tie break, quedan al borde de la derrota.

Es un 6-4 en contra y a las gemelas les toca restar el saque de Triay. No tienen margen de error. Es un ejercicio sobre el alambre. Prácticamente, todo el partido lo ha sido.

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Foto: WPT.

Es Mapi quien resta ese primer match ball que su hermana se echa a la espalda. Aunque ganan la red, se desajustan por el medio y dejan pasar la pelota en dos ocasiones dentro de la misma jugada. Aquel despiste, insólito en dos fieras voraces cuando se aproximan a la cinta, es un síntoma claro de su incomodidad que puede costarles la final.

Pero Majo no duda en ninguna de las dos. Se lanza hacia la pelota con la desesperación de quien se prohibe rendirse y recupera ambas con dos contraparedes agónicas. Tras ese ejemplo de feroz resistencia, acaban por llevarse ese punto crítico.

La segunda bola de partido en contra la afrontan con saque propio y también se la llevan de manera dramática. A Mapi, mal parada, la supera Gemma en paralelo. La bola apenas concede rebote en la pared de fondo y la jugadora se lanza en plancha para devolverla como puede. Un regalo para Triay que intenta pulverizarla por tres metros con su volea. No lo consigue. La pelota se enreda con la pared lateral y la malla superior del cristal de fondo. Majo reacciona, regresa desde la red y la rescata como le sale, de espaldas al otro lado de la pista y con un poco ortodoxo globo a dos manos, mientras Mapi trata de levantarse del suelo.

El punto acaba con un fallo de Lucía en salida de pared.

Las dos secuencias reflejan bien la obstinada lucha de las hermanas. En un mal partido, no se abandonaron nunca. Ni siquiera cuando la derrota asomaba frente a ellas. A falta de acierto, se aferraron al coraje y no dejaron de intentarlo nunca.

Se llevaron el tie break porque firmaron un 4-0 providencial cuando lo tenían todo perdido. Las dos jugadoras celebraron ese segundo set como un título. En verdad, era algo así.

Al final, acabaron derrotadas. Sus contrarias jugaron mejor y los errores propios las condenaron. Pero su carácter quedó a salvo. Lucía y Gemma, pese a dominar, tuvieron que pelearlo hasta el final lo que le da más valor aún a su victoria. Ese es el gran triunfo de las gemelas Sánchez Alayeto.

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Foto: WPT.
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