Una niña de apenas 7 años revoloteando por las pistas del club El Candado. Una promesa entregada al tenis, devorando horas y horas de entrenamiento. Una perla malagueña que persigue sueños, primero, con una raqueta, y algo más de una década después, con una pala de padel.

Escenas oníricas del pasado que se adivinan sobre ese mismo suelo. Recuerdos todos ellos que, por unos instantes, cobran vida en la memoria de quienes los presenciaron; imágenes que se materializan en la imaginación de quienes escucharon el relato.

Ahora, 30 años después, el lugar que albergó el inicio una leyenda, el suelo en el que empezó a forjarse un mito, es el escenario del tributo, no al ídolo, sino a la persona. El club El Candado ha elegido a Carolina Navarro para distinguirla con el Trofeo Otiñano, un premio que reconoce los valores humanos en el deporte.

De esta forma, la número uno del padel regresa a la que, durante un tiempo, fue su segunda casa pero esta vez no sujeta pala, ni luce su inconfundible cinta en la frente, ni lleva ropa deportiva, ni calza zapatillas de padel. Exhibe, en cambio, un vestido blanco inmaculado que realza aún más su radiante sonrisa; se eleva sobre unos altos tacones y muestra su rubio cabello liberado de ataduras. Es un look inusual para esta irreductible gladiadora que, sin embargo, en tal escenario, apenas puede disimular sus nervios.

El Trofeo Otiñano, “un premio muy especial”

“Para mí, va a ser el trofeo más especial de los que tengo en mis vitrinas, más especial que los campeonatos del mundo o de España, porque premia a la persona”. Lo dice, ya con el galardón en la mano, quien lo ha ganado todo y no se cansa. Lo cuenta, emocionada ante el micrófono, una persona orgullosa de su tierra; y lo hace, además, en la pista que lleva su nombre, en el recinto que la vio crecer, y ante la gente, su propia gente, aquella que le admira dentro y fuera de las canchas.

XIV Trofeo Otiñano a Carolina Navarro El Candado agosto 2013

XIV Trofeo Otiñano: su madre, Elsa Bjork, contempla a su hija durante el acto celebrado en El Candado.

Se distinguen entre el público, al borde de las lágrimas, sus padres, Carlos y Elsa; sus hermanos, Elsa, Belén y Carlos; y cómo no, sus entregados sobrinos que procuran no perderse un acto de su adorada tía Carol. A todos ellos les dedica el trofeo. “Este premio es también de mi familia que fue quien me inculcó el ser humilde y no cambiar”, explica la jugadora que también ensalza los valores que aprendió en la escuela deportiva del club El Candado.

La XIV edición de este Trofeo Otiñano premia la superación y la generosidad

“Este es un premio a los valores humanos que le damos a una de las mejores deportistas que ha tenido Málaga”, recalca, por su parte, José Miguel Arregui, el presidente de la prestigiosa entidad malacitana, que se reconoce orgulloso de la distinción a Carolina a quien pone de ejemplo “por su afán de superación y, al mismo tiempo, porque siempre está dispuesta a colaborar para beneficiar a aquellos que más lo necesitan”.

Entrega, generosidad, compañerismo, humildad. Son valores que se proyectan sobre unas imágenes en una pantalla durante la presentación de este Trofeo Otiñano; valores que conectan a Luis Otiñano, jugador vizcaíno del C.D. Málaga entre 1962 y 1969 que da nombre al premio, con las 14 personalidades que ya lo han recibido a lo largo de su historia. Dana Cervantes, José María Movilla, Berni Rodríguez, Juan Carlos Pérez Frías, Joaquín Peiró, Gabriel Carranque, Carmen Herrera, Jorge Macías, Paqui Bazalo, Manolo Sarriá, Juan Luis Cervera, Miguel Ángel Jiménez, y ahora, la campeona Carolina Navarro.

Las dos graves lesiones que ha superado la malagueña en su carrera, su esfuerzo y profesionalidad permanente; su comportamiento intachable y su participación en numerosas causas sociales (colabora con la Escuela de Pádel Adaptado, ASPADO, cuya delegación en Málaga llevará su nombre). Todo ello son argumentos que sostienen esta distinción.

¡Carol, Carol! La chiquillada se agolpa alrededor de la malagueña al finalizar el acto. ¿Puedes firmarme un autógrafo? Niños y niñas de varias edades persiguen a su ídolo, la acosan, la rodean. Buscan una foto, una dedicatoria, una sonrisa. La jugadora, con la misma generosidad y dedicación que exhibe sobre la pista, se emplea ahora, sin reserva, para devolver tanto afecto y cariño en su tierra. Sonríe, saluda, firma, se retrata. Es Carolina Navarro, la persona que encarna al mito.

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