Apenas fue un instante en mitad del júbilo pero sirve para definir bien al protagonista de ese gesto. La pelota que falla Adrián Allemandi, una chiquita que no pasa la cinta, certifica el triunfo de Momo González y Javi Rico en la intensa e infernal final del TAU Cerámica Marbella Challenger 2021.

Para el antequerano es su primer título World Padel Tour y, además, lo consigue en casa, tras sufrir mucho durante el encuentro. Por eso, cae de rodillas a la moqueta y libera sus emociones de manera exultante. Su compañero, en cambio, es mas comedido. A sus 23 años, el valenciano acaba de lograr el segundo Challenger de su incipiente carrera. El primero lo consiguió en 2019, tres años después de iniciar su andadura en el circuito profesional. Fue en San Javier y en aquella hazaña triunfal le acompañó quien hoy ha caído al otro lado de la red, ‘su hermano’ Coki Nieto.

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El madrileño es, en efecto, la causa de la contenida celebración de Rico. El respeto a su excompañero, con quien comenzó a despuntar en la élite del pádel, con quien compartió experiencias dentro y fuera de la pista durante varios años, es lo que lleva a Javi Rico a soterrar su alegría. Hasta tal punto que cuando el fotógrafo oficial de la organización les reclama la tradicional instantánea de campeones, abrazados sobre la pista y mirando a cámara con pose triunfal, el valenciano deniega la solicitud y abandona la cancha sin la foto.

Minutos después, ante el micrófono oficial del circuito, el protagonista va más allá. No solo señala a Coki como “un hermano” al que no quiere enfrentarse sino que, incluso, pide perdón a la familia del madrileño por haberle derrotado en la final y asegura que, de haber perdido él, se hubiera alegrado igual por el triunfo de su excompañero.

Ninguna de esas palabras parecen postizas en el jugador. Todo lo contrario. El mensaje suena auténtico y retrata bien la naturaleza de este chico tanto como su capacidad para sostener un discurso así en un momento propicio para la euforia. Siempre atento al detalle incluso en situaciones que atropellan. Así es Javi Rico, un chico capaz de limpiarle los pétalos a una margarita en mitad de un tiroteo si es necesario.

Foto: UPC.

Y es que el valenciano parece acostumbrado a vivir permanentemente en el ojo de un huracán. Todo lo que acontece alrededor de él lo vive a velocidad de vértigo pero no le hace perder el foco. Como si ya estuviera preparado para ello, parece ir siempre un paso por delante de lo que sucede. Así, en una fracción de segundo encadena una coreografía de gestos que tardamos en descifrar. Para cuando le encontramos el sentido, ya ha celebrado el punto con la grada, ha pedido perdón a un contrario y ha animado a su compañero mientras le guiña el ojo a su entrenador. Toda una eternidad en un instante que él, atento a cualquier detalle, procesa con absoluta normalidad. Tanta que lo que nosotros percibimos como un tornado, él lo disfruta como una simple brisa primaveral.

Lo paradójico es que, sobre la moqueta, al contrario que otros, Rico acelera el paso para responder desde la calma. Corre mucho para jugar despacio. Es cierto, el chico es puro nervio, vive cada segundo como si fuese el último, y sin embargo, exhibe una paciencia prodigiosa a la hora de trazar el juego. En plena tempestad, donde todos tienden a acelerarse, él encuentra su particular refugio de sosiego. Las emociones no parecen alterar su trazo. Se ofusca, se ríe, celebra y se lamenta, todo en un parpadeo; pero su propuesta de juego no se altera. Es un devorador de prisas que, con la pelota en movimiento, devuelve lo ingerido a la velocidad justa.

Sus rivales sufren un infierno para alterar el incómodo vaivén con el que mece el juego. Porque Javi, con sus 167 centímetros, va y viene sin descanso; descuelga mil envíos y, tras cada uno de ellos, achica la pista para volver a empezar. No se apura. Ante cada arrebato contrario, corre y atempera; frente a cada acometida, resiste y responde con más tajo. Así hasta que encuentra su opción o su oponente es víctima de sus propias embestidas.

Siempre con una actitud irreprochable y atento a mil detalles. El chico disputa mil partidos en uno;  está pendiente a todo y a todos. A su compañero, como en la final de este Challenger de Marbella cuando Momo perdió pie en el encuentro y él lo sostuvo. A sus rivales, como en aquella semifinal del Open de Mijas cuando, ante la incredulidad de su entonces pareja, Coki Nieto, se sumó al público para hacerle una reverencia sincera al jugador local, Alejandro Ruiz, tras una gran acción. A la grada, con la que mantiene una conexión constante en cada partido y a la que ha echado mucho en falta en este último año.

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Lo cierto es que, pese a su juventud, Javi Rico acumula anécdotas y detalles suficientes para definir un talento admirable y un personalidad honesta.

Uno significativo ocurrió en la temporada 2019. El valenciano y Coki Nieto encadenaron tres meses sin ganar un solo partido. La joven pareja llegó al Open de Mijas sin haber superado el estreno en ninguno de los cuatro torneos anteriores. Sin embargo, en la cita costasoleña, no solo revirtieron la situación sino que alcanzaron, de manera insospechada, la primera gran final de sus carreras.

Enfrente se encontraron a Pablo Lima y Alejandro Galán, claros candidatos al título. Lo pelearon mucho Nieto y Rico, jaleados por una grada que los adoptó como locales. Cedieron el primer set en el tie break y en el segundo se sostuvieron hasta el 5-4. Entonces, en la última pelota del partido, el valenciano salió de pista como una centella en busca de un remate por tres metros de Galán.

Llegó antes de que la pelota tocase el suelo en disposición de devolverla al 20 x 10, pero, entonces se detuvo, se giró y entregó el punto sin disputarlo al desvelar él mismo que había tocado ligeramente la red al salir, un hecho que había pasado desapercibido hasta para el juez árbitro.

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Para cualquier espectador, aquello fueron apenas dos segundos; este joven deportista de 23 años pareció vivirlo a cámara lenta. A Javi Rico le dio tiempo a salir a por la bola, llegar hasta ella y tomar la decisión de que, incluso en un match ball de su primera gran final, su única opción era ser honesto.  

Así que, dos años después, de nuevo en tierras malagueñas, nada más ganar su segundo Challenger, el zurdo valenciano contuvo la alegría, renunció a la foto de celebración en pista y solo se le ocurrió pedir perdón por respeto a su excompañero al que acaba de vencer y a su familia.

Fue un gesto que apenas duró un instante; media vida a ojos del genial Javi Rico.   

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