“El único momento en que el pádel se convierte en eternidad”. Así promociona la Federación Internacional de Pádel (FIP) el Mundial por Parejas que esta semana se celebra en Kuwait. “La FIP World Cup Pairs no es un torneo: es una consagración”, reza el organismo internacional en una pieza publicada en su web llena de hipérboles acerca de la magnitud del evento. “Aquí se juega por un sueño. Un sueño único e irrepetible”.
Esta fanfarria grandilocuente de la FIP no es nada nueva. El exagerado tono que habitualmente desprende su comunicación institucional se ajusta al dedillo al rimbobante discurso de su presidente, el italiano Luigi Carraro, empeñado en hacer historia a costa de la que el pádel ya tiene.
Esta vez, sin embargo, tanto alarde discursivo persigue otra cosa: tratar de darle alma a una operación estratégica que no tiene sentido deportivo.
La última vez que hubo Mundial de Pádel por parejas el propio Carraro llevaba apenas unas horas en el cargo. Fue en 2018, en aquella nefasta Copa del Mundo en Paraguay en cuya trastienda el mandatario salió elegido. La modalidad por parejas se celebró de forma simultánea a la competición de selecciones que, por cierto, quedó desierta por la decisión de España y de Argentina de no disputar la final masculina.
Aquel fue un Campeonato del Mundo por Parejas nacionales, que coronó a Lebrón y Galán y a las hermanas Alayeto, últimos campeones hasta hoy. Desde entonces, no se ha vuelto a celebrar este mundial. Tampoco un Mundial por Parejas Open, en línea con el de Kuwait. Han habido varias fórmulas: campeonato del mundo, trofeo World Open,… La última edición de este tipo de competiciones abiertas fue en 2013 en Bilbao, no hubo más.
El interés de esta modalidad competitiva era objeto de debate, entonces, y su continuidad, a tenor de los hechos, quedó enterrada. Se celebraban en un momento en el que la competición profesional apenas tenía vuelo internacional. Hoy no es así. En la actualidad, con un circuito profesional y un calendario FIP Tour que fagocitan cualquier opción externa, parece todavía más claro.
La FIP, sin embargo, ha decidido darle vuelo a la opción que mejor se alinea con la hoja de ruta que marca su presidente. Aunque bajo mandato de Carraro, se han perdido ya tres ediciones de la competencia por parejas nacionales (2021, 2022 y 2024), la apuesta ha sido otra: recuperar la modalidad Open, retorcer la naturaleza de la competición y ponerla al servicio del atractivo poderío kuawití.
En el nuevo mundial de Carraro, el dinero destierra el sentimiento. Los petrodólares borran cualquier rastro de identidad. Los jugadores no compiten bajo la bandera de sus países. Ahora se miden en parejas abiertas, mezcladas. Hay españoles con argentinos, con brasileños, italianos con españoles, argentinos con italianos, Kuwaitís con españoles. La oferta, en realidad, es la misma que en Premier Padel. La cita está incluida en el calendario del circuito catarí. El Prize Money (500.000 euros para los cuadros masculino y femenino) es el de un Major. Los puntos FIP a repartir, también.
Aquí no se sueña con la gloria bajo la bandera patria, si no con cumplir las aspiraciones particulares de las parejas del pádel profesional. Un día más en la oficina.
El organismo internacional desdeña así aquello que hace diferente a un Mundial de pádel: la competición por países. Si algo podría darle sentido a esta modalidad es que las parejas representen a un mismo país. En su lugar, Carraro apuesta por poner al servicio del circuito profesional todo un Campeonato del Mundo, encajarlo en su calendario como si fuera una parada más y entregárselo en bandeja a Kuwait. El sinsentido de despojar a este Mundial de identida propia y convertirlo en una fecha más de Premier Padel, devalúa la competición. Así, el «quinto» Major de Premier proclamará a los campeones y campeonas del mundo. Podría haber sido cualquier otro. No importa. La apuesta le sirve a Carraro en sus intentos de abrir(se) las puertas del olimpismo, y, por supuesto, para el establecimiento de estratégicas alianzas con poderosos actores.
Con Catar como dueño del pádel profesional, el dirigente suspira por el poder económico de Oriente Medio. Arabia Saudí lleva dos años abriendo el calendario Premier Padel con un P1. Dubai también suma dos cursos siendo parada del circuito profesional con un P1. Ahora Kuwait adelanta por la derecha a todos. También a España. En apenas un año, este país ha pasado de organizar una exhibición en 2023, a un P1 en 2024, y ahora, a este Major encubierto bajo el disfraz de Mundial de la FIP.
“Kuwait es un lugar especial”, afirmó el presidente de la FIP, Luigi Carraro en febrero, en el anuncio de la designación del país como sede del Mundial. “Ya ha escrito capítulos importantes de nuestro deporte”. Un FIP Rise en 2023, las eliminatorias de Asia-África para el Mundial de 2024 y el mencionado P1 de Premier Padel el pasado año dan forma a esos grandes capítulos que, para Carraro, merecen esta consideración.
La apuesta casa bien con la ambición del italiano, que no tiene reparos en borrar el pasado que no le contempla. “Este destacado evento de la temporada 2025 premiará a los ganadores con el primer título de «Campeones del Mundo»”, proclama la FIP. De nuevo un desmedido discurso que, de alguna forma, desprecia a nombres ilustres de la historia de este deporte como los de Alejandro Lasaigues , Roby Gattiker; Juan Martín Díaz, Fernando Belasteguín, Hernán Bebe Auguste, Juani Mieres, Willy Lahoz; o los de Cecilia Baccigalupo, Virginia Mazzuchi, Araceli Montero, Icíar Montes, Carolina Navarro, Paula Eyheragüibel o las gemelas Sánchez Alayeto, entre otras. Si los ganadores en Kuwait son los primeros «campeones del mundo», ¿qué han sido todos los citados?
La respuesta es irrelevante. Lo que importa, lo que ocupa es este Mundial, o lo que sea, que se juega en Kuwait esta semana, con el foco puesto en la pelea por el número uno del circuito Premier Padel, por más que la FIP trate de disimularlo con una retórica épica llena de impostura.
“Tiene la estructura de un Major de Premier Padel: mismas reglas, mismos campeones, el mismo nivel asombroso. Pero el corazón late distinto. Porque aquí no hay solo puntos y prize money en juego, y el horizonte que se detiene en un ranking por escalar. Aquí se juega por un sueño. Un sueño único e irrepetible. Aquí se trata de ser los mejores del mundo. Se juega por un título que no se defiende con números, sino con memoria. Se juega para convertirse en leyenda, como en cada Mundial, en cualquier deporte. Se juega para dejar el nombre grabado en la historia. Se juega por un eco que nunca se apaga”.
La verborrea institucional de la FIP trata de añadirle alma a una operación que, otra vez, apunta al mismo lugar: el negocio ha vuelto a derrotar al deporte.

