Concluye el último punto del partido, el que les encumbra victoriosos en la última batalla del año, el que les eleva ante quienes les han arrebatado el número uno. Finaliza la final del Master Final 2018 y Bela busca a su compañero. Pero Pablo Lima, que acaba de clausurar el duelo con un poderoso smash, no se percata del detalle. El brasileño cumple con el trámite del abrazo. Corto. Insuficiente para su aliado. Esta vez lo que Fernando Belasteguin busca no es felicitación ni reconocimiento sino cobijo.

Un triunfo, una lección

Con la bola aún caliente, rivales y compañero salen de pista. El de Pehuajó, sobre la moqueta, se destensa de manera instantánea y no puede reprimir el estallido de emociones que desfigura su fiera expresión facial. Golpea con la pala la alfombra azul. Es rabia y también, liberación. Las lágrimas enjuagan su mirada de león y descubren las dudas y los miedos, el sufrimiento y el sacrificio; las certezas, también, de un hombre atormentado en los últimos meses.

La ovación de una grada entregada pone banda sonora a una escena triunfal que era impensable hace un puñado de jornadas cuando la medicina le redujo las opciones del campeón argentino de seguir compitiendo.

Una incertidumbre insufrible

Belasteguin ha regresado de una travesía de cuatro meses alejado de las pistas. Desde el 10 de agosto cuando no pudo disputar los cuartos de final del Open de Mijas. 18 semanas sin poder competir. 128 días con la incertidumbre no ya de cuándo volvería sino de si podría volver a hacerlo.

Un carrusel insufrible de diagnósticos repletos de intranquilidad y pruebas médicas que nunca descartaban lo peor; descansos que no aliviaban lo que debían; recuperaciones que no curaban como necesitaba; ejercicios que no reparaban y tests que no superaba. Decepciones que le afligían y esperanzas que no se cumplían; expectativas que se aplazaban sin fecha. Toda una carrera deportiva irrepetible al borde de ser clausurada por una maldita lesión.

El codo, el último adversario de Bela, el que ha logrado desbancarle del trono sin darle la opción de pelear. Lo que no consiguió ningún rival en pista se lo ha pretendido arrebatar su propio cuerpo; en verdad, la auténtica víctima de una trayectoria gloriosa que hoy quiere cobrarse el peaje de tanta exigencia.

Ya lo ha intentado en alguna ocasión. En septiembre de 2012, por ejemplo, con una lesión en la misma articulación que acabó llevándole directamente al quirófano (por un edema óseo con un fragmento libre). Aquel episodio dio por concluida la temporada (la última de Padel Pro Tour) y le obligó a afrontar una incierta y dolorosa recuperación que se prolongó también durante cuatro meses.

Lloró Bela aquella vez cuando un médico le escupió en la cara el riesgo de una retirada definitiva. Pero no capituló. Se fue, se operó y regresó. Lesionado, se retiró de las pistas ganando (pese a la lesión conquistó el PPT de Madrid de 2012) y volvió a ellas de la misma manera (con victoria en el primer Open de la era World Padel Tour, en Murcia en 2013, ante Lima y Mieres).

Seis años después, el codo ha vuelto a frenarle. Pero tampoco ha podido derrotarle. Le había avisado al inicio de temporada (se perdió Zaragoza, la tercera prueba del calendario, por una epicondilitis) hasta que en Mijas, con la falsa ilusión de que volvería en breve, le sacó de las pistas. La convalecencia parecía corta pero acabó prolongándose de manera indeterminada.

Por qué, para qué, a quién

Parecía que la temporada se había acabado para Bela hasta que, pocos días antes del inicio, anunció que jugaría el Estrella Damm Master Final 2018. ¿Por qué? ¿Para qué corría el riesgo siendo la última cita del año? ¿Qué buscaba el jugador tras haber perdido ya el número uno en favor de sus rivales? ¿Tenía algo que demostrar?

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Foto: WPT.

Seguramente hubiera sido más prudente echar el telón a este ejercicio y prepararse para 2019. Pero Fernando Belasteguin no lo hizo. Saltó a la pista con la misma determinación de siempre. No iba en busca del título por más que lo defendiera de 2017. No, su propósito apuntaba en otra dirección diferente. El argentino aceptó el desafío de la fatalidad y se puso frente a ella. El infortunio había querido apoderarse del final de su carrera; dictar un final impropio de un relato irrepetible y Bela, que ha sido siempre dueño de su presente, decidió reconquistar el timón de su destino.

Y lo ha hecho. A cada paso, con cada golpe, a lo largo de cuatro días de competición con los mejores del circuito. En este Master Final 2018, detrás de cada acierto y de cada error, Fernando ha encontrado un triunfo en sí mismo tras una temporada infernal. Un año de los que te despeñan definitivamente o te impulsan. Y a Bela, un gladiador de leyenda, la dificultad ha vuelto a hacerle aún más grande.

Tanto que quienes observamos desde abajo, hace tiempo que somos ya incapaces de calibrar su magnitud real sin caer en la hipérbole cursi que tanto desdeña el interino Santiago Solari.

Una gesta asombrosa, una ofrenda impagable

En efecto, su retorno es la victoria que estaba buscando. La conquista del título, en cambio, es una gesta; el alimento que hace crecer cualquier deporte. Y como tantas otras antes, ésta lleva también la firma de este pehuajense de 39 años que ha vuelto a regalarle un episodio épico a este joven deporte, otra ofrenda impagable por más que no alcancemos a valorarla en su justa medida.

A lo largo de una semana, la propaganda oficial de World Padel Tour ha enfatizado la dimensión de este último torneo del año; al parecer, tan grande como el número de localidades vendidas.

La proeza, sin embargo, ocurre metros más abajo. En ese trozo de moqueta azul de 20 x 10 en el que un hombre pulveriza límites con el coraje, la determinación y la fe como principio de vida.

Bela regresa, compite y, además, gana. No, no le han regalado la victoria. No lo hicieron cuando conquistó dos títulos junto a Willy Lahoz en 2015 en una de las proezas más infravaloradas de este deporte. O cuando ganó en Marbella una final sin poder realizar ni un sólo remate por unos problemas de espalda que le hicieron jugar tieso. Ni cuando se mantuvo más de un año invicto. Ni cuando ha ocupado el trono del padel profesional durante 16 temporadas.

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Bela con sus tres hijos en un mirador de Barcelona. Foto: Publicada por el propio Fernando Belasteguin.

Sofi explica el secreto

El relato de Fernando Belasteguin trasciende la estadística. La aritmética hoy le empuja hacia abajo en el ranking mientras señala a dos compatriotas como los nuevos reyes del circuito profesional de padel. Belasteguin no busca excusas. Los reconoce como tales y los ensalza públicamente. Luego se enfrenta a ellos y les derrota.

Pero el triunfo de Bela hoy no se puede contar con un marcador ni explicar a través de la derrota de sus dos rivales. El jugador lo sabe. Por eso, en el abrazo con Lima al terminar la final del Master, busca refugio ante el torbellino emocional que se desata cuando conquistan el título.

No se percata el brasileño que deja a su compañero solo en la pista unos instantes, con las lágrimas desbordándose en sus ojos. Y Bela, que podía hacerlo, esta vez no se reivindica. Sólo se reconoce.

Minutos después, del bolsillo lateral de su paletero saca un dibujo realizado por una de sus hijas. En ese trozo de papel hay algo más que una dedicatoria. Es una promesa, una explicación, casi una hoja de ruta. Es la brújula que marca el viaje del mejor jugador de padel, desde su Pehuajó natal al Olimpo de este deporte: “Un Belasteguin nunca se rinde”. La pequeña Sofía, la hija de Bela, zanja así cualquier pregunta sobre la hazaña de su padre. ¿Cómo ha superado la lesión? ¿Por qué ha vuelto en el último torneo del año? ¿Cómo ha sido capaz de ganar el Master Final ante los números uno tras un parón de cuatro meses? Porque… “Un Belasteguin nunca se rinde”. Pablabra de mito, ejemplo de padre.

Llegará el día en el que el resto, en efecto, tengamos que rendirnos definitivamente ante quien más ha hecho por el padel.

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Bela muestra el dibujo de su hija Sofía. Foto: WPT.
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