Aquella noche no podía quitárselos de la cabeza. Eran sólo dos saques pero planteaban un desafío en sí mismos. El caso es que todavía no los había realizado. Ni en éste ni en ningún otro torneo. Se trataban, en verdad, de dos servicios que aún tenía pendiente por hacer, dos que debía ejecutar al día siguiente y de los que, en buena parte, dependían el pase a las semifinales en el Master de Cascais.

Esas dos acciones conformaban un minipartido. Eran el punto de partida de dos jugadas que significaban jugarse el triunfo en un tie break o dar aliento a dos amenazantes rivales que venían creciendo. El joven catamarqueño Agustín Tapia no dejaba de pensar en ello.

Un relato suspendido en el tiempo

La lluvia había obligado a suspender el último duelo de cuartos de final en la jornada del viernes, el que disputaban él y Fernando Belasteguin contra Paquito Navarro y Juan Lebrón. La descarga de agua, amenazante durante todo el encuentro, finalmente se había producido y había provocado su aplazamiento al día siguiente.

Se habían marchado los jugadores y también, el público. Se habían apagado los focos y aquella pista central instalada en los Jardines del Casino de Estoril, ahora solitaria y mojada, había quedado sumida en la oscuridad. De alguna manera, era como si el tiempo se hubiese congelado. Sobre la moqueta azul, ya no había juego pero la tensión y la emoción permanecían allí suspendidas en un marcador inacabado: 40-40 en el 5-6 del segundo set.

Así que, esa noche Tapia se acostó con una idea fija en la cabeza: los dos servicios que aún tenía que ejecutar para finiquitar aquel duocécimo juego. Luego, si todo iba bien, tendría que afrontar el tie break y jugarse la victoria sobre el alambre. Pero, lo primero, eran esos dos interminables saques.

Tapia, en efecto, debió soñar aquellos dos servicios en el fisio, en la cena, en la cama como el Gato Díaz imaginó durante una semana aquel célebre penalti que narró con maestría Osvaldo Soriano

“Estuve pensando toda la noche en los dos saques que iba a hacer hoy para cerrar el juego”, confesaría después del duelo el joven protagonista que, en efecto, debió soñar aquellos dos servicios en el fisio, en la cena, en la cama como el Gato Díaz imaginó durante una semana aquel célebre penalti que narró con maestría Osvaldo Soriano (‘El penal más largo del mundo’).

Como es comprensible, la insólita situación le añadía más tensión a un partido ya de por sí intenso. Porque el duelo ya traía cierto aroma de revancha para los andaluces desde que perdieron en Madrid ante estos dos mismos rivales. Y a ello se añadían las complicadas condiciones de juego que convertían cada punto en una lucha también contra los elementos.

En Portugal, el primer set de aquel accidentado partido se había mecido al dictado de los argentinos. Agus había protagonizado una espléndida actuación que encontró el sustento idóneo en el despliegue infalible de su ilustre compañero. Era su tercer torneo juntos pero se están acoplando de manera fabulosa.

El de Catamarca había mostrado su repertorio. Se desplegó valiente en su juego, intimidante por arriba y muy firme en cada paso que conquistaba hacia la red. Su rival en el paralelo, Juan Lebrón, fue quien más sufría con ese achique de espacios y el desgaste de Bela desde el cruzado.

El 6-2 del primer acto había sido incontestable pero dio paso después a un segundo capítulo mucho más ajustado. Sus rivales, muy incómodos con las condiciones de una pista nunca seca del todo, consiguieron tomarle el pulso al partido y arrancaron con un 3-0 de inicio.

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Foto: WPT.

La batalla emocional y la lluvia

El contratiempo tenía detrás algunos errores del propio Tapia mientras el partido ya iba adquiriendo otra dimensión. Además de jugarse con la pelota en juego, había empezado a aflorar también el pulso emocional. Lebrón y, sobre todo, Paquito desplegaron poco a poco su particular puesta en escena llena de gritos y gestos histriónicos.

Al otro lado de la red, era Fernando Belasteguin quien se ocupaba de darles réplica en ambos aspectos. El juego acabó equilibrándose, el marcador se ajustó y todo comenzó a apuntar al tie break a expensas de que la lluvia, intermitente, dictara sentencia.

Las condiciones de la pista, que ya habían provocado algunos resbalones, y la amenaza del clima añadían más incertidumbre a esta recta final del segundo set en la que las emociones asomaban en cada punto.

Con 4-5 y servicio de Bela, los argentinos lograron despejar dos bolas de break. Con 5-5, fueron ellos quienes desperdiciaron una oportunidad de rotura al saque de Paquito.

El intermitente chispear le confería cierto dramatismo a la escena, con los cuatro jugadores calados, entregándose al juego con enorme determinación.

El sevillano, por entonces, había dado rienda suelta a su acostumbrada teatralidad. Un desgarrador grito tras un remate que continuó con una celebración desaforada ya había despertado incomodidad al otro lado de la red en Belasteguin.

Después, superado el complicado momento en el décimo, el andaluz ganó un punto de volea y abandonó la pista en dirección a una de las gradas. Allí, con la mano en una oreja, reclamó el apoyo a la afición portuguesa. Culminó su show cuando cerró el 6-5 con otro aparatoso alarido.

Bela le recriminó al árbitro su permisividad con la actitud del rival y fue él quien acabó recibiendo una penalización.

El nerviosismo crecía en cada jugada. Unos buscaban abrochar el encuentro; otros trataban de mantener vivas sus opciones con un tercer set.

El intermitente chispear le confería cierto dramatismo a la escena, con los cuatro jugadores calados, entregándose al juego con enorme determinación. Resultaba encomiable su esfuerzo y admirable el espéctaculo que ofrecían.

Pero, al final, todo quedó en suspenso cuando la lluvia arreció con fuerza. Esa noche fue imposible disputar ni un punto más. Quedaron pendiente dos saques de Tapia, al menos, para finiquitar ese juego y abrir la puerta del tie break o del tercer set.

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Bela y Tapia revisan la pista antes de la reanudación del duelo de cuartos en Portugal. Foto: WPT.

La hora de los dos saques

Cuando el catamarqueño, ya por la mañana, se enfrentó a esa realidad sobre la que tanto había pensado, lo hizo con una convicción absoluta.

Tras el calentamiento, fue el primero que entró en la pista cuando el juez-árbitro indicó el inicio de la reanudación. Esprintó, se agitó y, enseguida recuperó su caminar lento, de aspecto cansado, como si cada paso arrastrase a un cuerpo que no quiere moverse; un aire similar al movimiento del maestro Reca. Le añade Tapia una ligera apertura de piernas mientras sus brazos cuelgan y se balancean a los lados. A sus 20 años, tiene planta de pistolero ya veterano.

Así afrontó esa mañana aquel duelo sobre el alambre. Era día de semifinales pero la lluvia les había dejado atrapados en los cuartos.

Lo primero eran sus dos saques, aquellos dos servicios pendientes de la noche anterior. Se mantenía intacta la tensión pero las condiciones de juego habían cambiado algo respecto a las que había antes del aplazamiento.

Tenía varias opciones y a todas les había dado vueltas. Buscar la T en su primer saque, ajustarlo a la pared lateral, buscar el cuerpo del rival y jugar profundo… Cada elección abría caminos que recorrió con empeño en las horas previas.

Llegado el momento, Tapia no dudó. Saltó varias veces sobre sus punteras, botó hasta seis veces la pelota mientras agitaba su pala levemente como si hiciera sonar un maraca, y jugó su primer servicio, profundo, al drive de Lebrón. No llegó a tocar la pared lateral pero tampoco lo pretendía. Quería que su oponente no encontrara demasiado ángulo con su resto, que no le pudiera jugar un globo cruzado cómodo, que le permitiera avanzar hacia la red y, desde allí, gobernar el juego.

Ese primer servicio, visualizado tantas veces aquella noche, fue el inicio de una secuencia en la que tocó todas las bolas.

Ese primer servicio, visualizado tantas veces aquella noche, fue el inicio de una secuencia en la que tocó todas las bolas. Saque, volea de revés, salida de pared y volea de nuevo. Siempre con la red en mente, una premisa vital para sus opciones, dado que sus rivales no iban a esperar atrás ni un segundo.

Fue Paquito Navarro quien falló con un envío que se marchó al cristal de fondo cuando lo tenía todo para ganarlo desde la cinta. ¡Bien, Agus!, escuchó Tapia de su compañero. ¡Vamos!, se gritó al pecho el catamarqueño mientras caminaba, de nuevo, hacia la línea de saque para poner en juego el siguiente servicio.

Aquel segundo saque trajo una jugada aún mejor. El argentino, con un rápido movimiento de trilero, sustituyó la bola del punto anterior por la que tenía en el bolsillo. Con ella le sacó a Paquito a la pared lateral buscando su revés. Bela entró en el medio para volear la devolución del sevillano; encontró pista Tapia en la red pero tuvo que retroceder por un buen globo de Lebrón. Otra vez los andaluces habían ganado metros. Pero Agus no se amilanó. Durante la noche, había jugado mil veces aquellos instantes. Así que se jugó una salida de pared preciosa que perforó el revés de Paquito.

Fue un golpe natural, fluido, ni la cuchilla de Navarro ni el paletazo de Lima. Fue más armónico que enérgico. Firme pero controlado. Con más precisión que potencia. Desde la pared del fondo, enroscó la pelota ligeramente por fuera y, superada la red, se atornilló en la esquina. El sevillano no pudo alcanzarla. El joven argentino de Nox lo celebró mientras se encaminaba hacia la puerta de salida como si hubiera algún descanso tras tanta tensión. El rugido de Bela le devolvió a la realidad.

Aquellos dos saques, por fin, ya estaban en su lugar. Durante horas se le presentaron como un estresante futuro pero, ahora sí, formaban parte del pasado. Era como un viaje en el tiempo en el que iba descontando estaciones tras cada golpe. Lo vivido enterraba lo soñado. Y Tapia había sepultado con éxito aquellos dos saques.

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Bela da indicaciones a Tapia antes de empezar el tie break. Foto: WPT.

El tie break: un carrusel de emociones

Ahora llegaba el tie break. Bela, que siempre está en todo, le recordó las consignas preparadas para ese lance. No querían un tercer set.

Le tocó restar al de Pehuajó en el inicio de la muerte súbita mientras Tapia se agitaba incesante en su esquina. Había tantos nervios como ganas en los cuatro.

Los andaluces se apuraron de inicio, sobre todo, el de sevillano de Bullpadel que cometió varios errores, incluida una doble falta en pleno tie break. Lo compensó un Lebrón hiperactivo.

Con todo igualado, llegaron los apuros para los argentinos. Sacó Lebrón y, en la jugada, Tapia estrelló en la red una bandeja suave. Quiso aflojar el gesto para que la pelota cayera tras pasar la red pero no superó la cinta (4-4). Se lamentó en silencio por ese fallo pero no se liberó del todo de él.

En el noveno punto, el joven catamarqueño trató de compensar su error. De la falta pasó al exceso. En ambos casos, se despeñó. Reclamó una bola en el medio y estrelló una derecha tensa, sin el suficiente liftado, en el cristal del fondo (5-4). Eran dos errores consecutivos, justo lo que trataban de evitar desde que la opción del tie break era una posibilidad.

Miraba Tapia el suelo desde sus 20 años. Las dudas ya habían aflorado y, ahora, jugaban con su atrevimiento para cohibirle, para recordarle que, de los cuatro, era el que menos vuelo tenía. De inmediato, tuvo para definir con el remate en el décimo punto pero no se atrevió y, luego, dejó un globo corto que remató Paquito (6-4).

Aquel escenario abría dos opciones de set para los españoles, que se relamían exaltados.

Las dudas ya habían aflorado y, ahora, jugaban con su atrevimiento para cohibirle, para recordarle que, de los cuatro, era el que menos vuelo tenía.

Tomó el mando Bela en la primera (6-5). En la segunda, en cambio, los rivales buscaron a Tapia, pusieron a prueba sus nervios, le desafiaron a mostrar aquello que tanto promete, le invitaron a equivocarse. Lo que encontraron no fue temeridad sino aplomo.

El joven catamarqueño respondió a lo grande. Trabajó por alto y fulminó la amenaza con un remate (6-6). Ahora sí, de camino a su esquina, soltó un grito sobrecogedor que sirvió de exorcismo a esos demonios que buscaban atormentarle. Le siguió un diálogo consigo mismo que completó aquel estallido emocional.

Todo estaba de nuevo igualado pero los de Ramiro Choya aún dispusieron de otra oportunidad de hacerse con esa segunda manga (7-6). Se la jugó Lebrón sobre Bela. Le buscó desde el cruzado al argentino y le apretó hasta que una contra de éste la despedazó el gaditano con su pegada. Tapia se había liberado de los atenazantes grilletes de la presión y no estaba desconectado de la jugada pese a que no había tocado una bola. Todo lo contrario. Cruzó la red como una centella para alcanzar el otro lado y, junto a la puerta, despidió por cuatro metros el remate rival que no había volado lo suficiente.

Esquivado el peligro (7-7), ahí se abrieron paso y, dos puntos después, se hicieron con el triunfo (9-7). Dieciocho puntos después, acabó esa fugaz reanudación del encuentro tal como había empezado esa misma mañana, con una volea de Paquito al cristal.

El fallo desató a los ganadores. Se vencieron ambos, uno en cada esquina, dándose la espalda, cada uno de frente a su realidad, dando rienda suelta a toda la tensión acumulada desde el día anterior. Luego se giraron y, frente a frente, se rugieron. Allí estaba Tapia, con apenas dos años en la élite, chocando su pecho de igual a igual con aquel mito viviente que hoy le acompaña en cada paso. Allí estaba el joven argentino, liberado tras una extenuante noche rumiando la misma idea, exultante tras una nueva prueba superada.

No le alteró, siquiera, el polémico episodio final, con esa expresión de Bela que le afearon sus rivales y que provocó cierto embrollo.

Mientras su compañero y los españoles saldaban cuentas, Agustín Tapia permanecía ajeno. Recuperada su habitual parsimonia, volvió a entrar en la pista y, como si no hubiera nadie en aquel escenario, se dirigió a su esquina para recoger su pala tras el deber cumplido.

Sólo estaba en semifinales pero había culminado con éxito aquellos dos interminables saques. Luego caerían con estrépito arrollados por sus rivales pero esa es ya otra historia.

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