Juan Lebrón y Alejandro Galán se definen desde el vértigo. Todo en ellos parece explicarse a velocidad supersónica: su juego, sus victorias, su creciente número de títulos, su ascensión en el ranking, sus propias carreras. Y desde luego, su recorrido por la propia temporada: en un parpadeo pasan de la gloria al batacazo y del mismo modo vuelven a resurgir.

Con 25 y 24 años, respectivamente, ya dominan a todo el pelotón de figuras del pádel mundial. Sin embargo, ni en la cima son capaces de encontrar espacio para la mesura una pareja que devora instantes sin tiempo casi de saborearlos.

Protagonistas de sus éxitos, acaban siendo también víctimas de ellos a través de un discurso que construyen a toda velocidad en base a lo único que parece importarles: los títulos. Pero por el camino, acaban olvidando lo más importante, aquello que les distingue: el juego.  

La velocidad deja atrás el mérito

La pareja numero 1 gobierna el circuito profesional con mano de hierro en este 2020. Han ganado 5 de los 8 torneos celebrados y la sensación es que su dominio, como su juego, parece no tener freno.

En realidad, el despegue que estos dos jóvenes jugadores han protagonizado en los dos últimos años ha provocado tal impacto que ha zarandeado todas las jerarquías del pádel profesional.

Sobre un estilo muy ofensivo, de ritmo vertiginoso, mucho atrevimiento y una asombrosa capacidad para derribar viejos axiomas de este nuevo deporte, Lebrón y Galán han construido algo más que un modelo de juego: han forjado su propia identidad. Y no solo eso. El éxito de la propuesta abre camino. Hoy en la cantera española se multiplican los discípulos de una misma religión: jugar a lo mismo que Lebrón y Galán.

Ellos, en cambio, parecen no percatarse de la dimensión de su mérito. Más bien parecen simplificarlo todo a un único dato: los títulos conquistados. Siempre a toda velocidad dentro y fuera de la pista, articulan discursos individuales en base a victorias y trofeos. Y ese es un mensaje que les envuelve en una injusta narrativa.    

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Foto: WPT.

El repetitivo mensaje de Barcelona

El último ejemplo de todo esto sucedió en el Master de Barcelona. A la prueba llegaron con el ruido de fondo provocado por las dos derrotas que habían sufrido en las semifinales de los dos últimos torneos. Tenían colocado el listón tan alto que ya había quienes señalaban aquellos tropiezos como algo más que un bache, casi una crisis. Ellos se habían encargado de reforzar esa idea con algunos síntomas sobre la moqueta que no habían mostrado en todo el año.

En este contexto llegaron al Palau Sant Jordi. Desde el primer instante, Alejandro Galán se afanó en subrayar con insistencia que su mision allí era revalidar el título en la Ciudad Condal. Lo empezó a contar en cuartos y no paró hasta que metió el trofeo en su mochila. Es infrecuente escuchar a un deportista de élite apuntar tan alto desde el inicio. Hasta los más grandes se cuidan de hacerlo. Pero Galán repitió ante el micro de WPT un mensaje que, más que expresar un anhelo, parecía un exorcismo destinado a espantar fantasmas. Además, aquello tenía también un cierto regusto a reivindicación personal. Solo revalida un título quien ya lo ha ganado. Y él, a diferencia de su compañero, lo había hecho en aquel mismo escenario con su victoria en el Master Final de 2019.

Rivales como Sanyo, un competidor directo con más recorrido que el propio Galán, un número uno hasta hace nada, valoraba cada ronda superada desde los cuartos como una final. Galán, en cambio, apuntaba directamente al título sin importarle el peldaño en el que se encontrara, como si tuviera prisa por alcanzar el último.

Paradójicamente, en ese camino que el de Leganés casi pasó por alto, la pareja española supero dificultades enormes que explican, en mejor medida que el propio título, el valor de la conquista que lograron en Barcelona.

En cuartos vivieron un calvario ante Silingo y Mati Díaz, una pareja con oficio y experiencia que estaba de estreno. Los argentinos, veteranos ya de este deporte, no habían jugado juntos nunca antes pero estuvieron a un suspiro de eliminar a los favoritos en su debut como dupla (5-7, 7-6 y 6-1). Galán y Lebrón consiguieron esquivar esa prematura derrota de consecuencias impredecibles. El valor real de esa reacción se antoja difícil de calcular.

También tuvieron que resolver muchos apuros en semifinales para firmar una victoria en la foto-finish ante Bela y Tapia (7-6 y 7-6). Hubiera sido la segunda consecutiva ante la misma pareja tras la que cosecharon en Menorca. Nadie ha repetido triunfo ante ellos.

En ambos duelos, Lebrón y Galán ofrecieron algunos de los preocupantes síntomas que afloraron en los dos anteriores torneos y que amenazaban el ecosistema a medida que el laboratorio de M3 (con Mariano Amat y Jorge Martínez) había construido con tanto esmero desde el primer día.

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Foto: WPT.

La fórmula magistral de Galán y Lebrón, única e intransferible

Hace apenas 10 meses que el gaditano y el madrileño se juntaron. A finales de 2019, sus respectivas parejas (Paquito y Lima) decidieron abandonarles y formar equipo. Galán y Lebrón, los dos rechazados, se unieron y empezaron a funcionar desde el primer día. No necesitaron demasiado acomplamiento. No habían jugado juntos pero estaba claro que jugaban a lo mismo. Se conectaron de manera inmediata a través del juego.

En torno a ellos, sus entrenadores construyeron un hábitat único, inservible para cualquier otro caso. La fórmula permitía el encaje de cada uno con sus particularidades propias. A Lebrón le concedieron vuelo a su talento institivo a cambio de control emocional. A Galán le ofrecieron pista y le pidieron temple. El riesgo iba a ser la principal apuesta y la frustración, la única línea roja. Talento en libertad, emociones bajo control.

Funcionó desde el primer día. A partir de ahí, han articulado una propuesta de juego propia que no admite comparación. Es su identidad como pareja. Nadie juega como ellos lo hacen; no, desde luego, a esa velocidad y durante tanto tiempo.

Se les reconoce por el poder intimidatorio de su remate pero se trata de una simplificación excesiva. En realidad, Ale y Juan han puesto en entredicho varios de los principios del juego que se mantenían invariables desde hace años. No hay fronteras entre el ataque y la defensa. Da igual dónde o en qué situación se encuentren. Les basta un simple golpe para arrebatarle la iniciativa a sus contrarios.

Un revés paralelo desde la T, una temeridad para cualquier jugador de derecha exigido en el fondo, es una solución maestra para Lebrón que encadena a partir de ahí una secuencia que acaba con su rival sometido. Mientras que para Galán el resto es el primer golpe de una ofensiva que, en muchas ocasiones, apenas necesita de un par más.

Encogen su lado de la pista y extienden los límites del terreno de juego. Permutan sus posiciones con una naturalidad insólita y muestran un repertorio deslumbrante. Sabemos, gracias a ellos, que se puede volear desde el fondo, rematar desde el cristal, bloquear un remate o recuperar una bola que debía ser propiedad del recogepelotas.

Todo este talento se sostiene sobre un planteamiento que, en cierta forma, mantiene similitudes con aquella innovadora filosofía de Cruijff: cuanto más tiempo de ataque, menos sufrimiento en defensa.

En torno a este punto de partida, cada uno desde su propia personalidad le da forma a una dupla que está construyendo su propio reinado.

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Foto: WPT.

Tras perder la final en Marbella, de vuelta del confinamiento, encadenaron cuatro títulos consecutivos (tres en Madrid y uno en Valencia) al que ahora han añadido el de Barcelona. De esa gira estival salieron definidos claramente como la pareja a batir. Han jugado seis de las ocho finales que se han disputado y solo han perdido tres partidos en todo el año.

La explicacion del éxito de su propuesta se completa, sin duda, por el alto voltaje de su juego. Someten a sus rivales a un huracán que desnuda sus opciones. A cambio, ellos mismos deben resistir la propia tempestad que desencandenan. No es fácil. El desgaste es tremendo.

Viven cada partido, cada instante, a todo tren. De la misma forma que pasan de la defensa al ataque en un parpadeo, de la volea al remate en un suspiro, también lo hacen de un subidón a una crisis con un simple gesto. Todo en el mismo encuentro. No hay respiro para sus rivales y tampoco se lo conceden a sí mismos.

Es un terrible ejercicio de resistencia que define al ganador: sus oponentes tratan de sostenerse y ellos de no consumirse antes de doblegarles.

Por eso, es vital que la impaciencia del jugador del Puerto de Santa María encuentre antídoto en el temple de su compañero; así como que las dificultades del madrileño para elevarse en momentos críticos se vean compensadas con la personalidad efervescente de su aliado. Todo ello requiere de un equilibrio perfecto. Cualquier inestabilidad altera esa armónica burbuja y multiplica el riesgo de estallido.

Las derrotas en las semifinales de Cerdeña y Menorca tuvieron ese efecto desestabilizador. Pese a que llegaban de sumar cuatro títulos consecutivos, los dos tropiezos desnivelaron la balanza y pusieron en peligro todo el enunciado.   

Surgieron algunas dudas que afectaron al juego, el hilo conductor que les une sobre la moqueta, y se acabó resintiendo la confianza entre ellos. El madrileño acentuó sus momentos erráticos y sufrió más para salir de sus episodios de desconexión. El gaditano perdió el temple y descontroló su carácter volcánico. La gestualidad se multiplicó en exceso y dejó pasó a evidentes reproches mientras trataban de encontrar soluciones individuales en el juego a problemas que, hasta entonces, resolvían bien como pareja. Dejaron de hablar del juego y empezaron a señalar a la actitud.

En Barcelona, también se evidenciaron estos problemas en cuartos y en semifinales. Las dificultades que surgían de la resistencia de sus rivales parecían poner en riesgo la propia estructura de la pareja. Su camino en el torneo se hizo tan cuesta arriba que si se hubieran despeñado antes de la final no hubiese resultado extraño. En este sentido, el repetitivo discurso de Galán apuntando al título tras cada partido parecía más una distracción.

Pero no cayeron. Consiguieron sostenerse hasta el último enfrentamiento y, entonces, despejaron todas las dudas. De pronto, desaparecieron las fisuras y ofrecieron una actuación imponente de principio a fin. Probablemente, la más completa de todo el año. Reecuperaron el trazo intimidante de sus mejores momentos con un añadido: no necesitaron ni del remate.

De la primera a la última pelota, su dictado fue impecable. Sin altibajos en el juego ni desencuentros entre ellos, gobernaron todos los aspectos del partido y no concedieron ni una ocasión a Sanyo y Stupa. Ganaron con más winners (32), no cometieron errores (4) y nunca sufrieron con su servicio (ninguna bola de break en contra). La victoria acabó siendo tan coherente con el juego que no admitió reparo alguno.  

Al finalizar el duelo definitivo, las palabras de Galán, por supuesto, apuntaron al título conquistado, el segundo de su cuenta particular en aquel escenario. Pero, sin quererlo, fueron mucho más reveladoras las repentinas lágrimas de El Lobo. Ese llanto nos contó mucho más acerca de la pareja y de ellos mismos.

Porque la realidad es que, detrás de tanta velocidad, hay dos jóvenes recién llegados a la cima que tratan de asimilar el vértigo de las alturas. Llegaron antes de ayer y hoy son los mejores frente a nombres con mucho más recorrido en este deporte. Son dos estrellas a las que se les reclama que hagan historia cuando recién empiezan a construir la suya propia.  

Por eso, a Galán y a Lebrón tal vez les convenga frenar un poco y poner en valor cada uno de los pasos que están dando. Asimilarlos, saborearlos y, desde luego, explicarlos bien. Sus éxitos y sus dificultades forman parte de su formidable crecimiento deportivo y personal. Si tratan de construir su propio relato únicamente en base a los trofeos, nos enseñarán a los demás a despreciar lo más importante, aquello que les hace únicos: su juego.

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