Quiso explicar lo que no hacía falta. Al terminar el partido, ya proclamado campeón junto a su compañero, Sanyo Gutiérrez quiso aclarar el por qué de su silencio durante el juego. Como si el silencio necesitara de palabras. Fue, tal vez, su único error en la final del Estrella Damm Valencia Open.

“Quien no entiende tu silencio, probablemente tampoco entienda tus palabras”. El mago de San Luis incumplió la enseñanza del filósofo Elbert Hubbard y optó por ponerle voz a aquello que no lo requería.

Y mira que el argentino habla claro. En estos tiempos en los que el pádel se asoma a una nueva modernidad, con intermediarios, agentes de comunicación, mensajes impostados, lavados de cara y gestos para la galería, el discurso de este argentino es directo, sin ambages.

Pero aún así, esta vez no era necesario. Sanyo ya se había explicado de sobra en la moqueta azul desde el silencio. Frente a los números uno, paradigma del exceso y el ruido (en sus victorias y en sus derrotas, por voluntad propia o ajenos a ello), la exhibición de precisión y serenidad del argentino en ese último duelo del torneo valenciano resultó majestuosa, a la altura de su categoría como jugador. Un ejemplo de liderazgo tranquilo en mitad de una tempestad que, por momentos, amenazó con devorarles.

Porque ese 6-2 encajado en el primer set parecía hacer sangrar otra vez la herida abierta en aquella semifinal del Human French Padel Open. Era la primera vez que Sanyo y Tapia volvían a verse las caras con Juan Lebrón y Alejandro Galán tras el esperpéntico episodio que protagonizó la dupla española en Tolouse.

Las artimañas de ambos para desestabilizar a los argentinos contribuyeron a una remontada que dejó más ruido fuera que dentro de la pista (6-3, 6-7 y 7-5).

El mazazo para Sanyo y Tapia tras aquel partido perdido, cuando lo tenían de cara (y de la manera en que se produjo), se amplificó en las semifinales del Master de Valladolid, ante Bela y Coello, a los que dejaron con vida lo suficiente para que les ajusticiaran in extremis (5-7, 7-6 y 5-7).

La idea de que les faltaba ambición, ganas o experiencia para amarrar estos duelos comenzó a echar raíces en el seno de la dupla. Como reconoció el propio Sanyo en una entrevista en el diario Sport: “nos gustamos demasiado”. Unas palabras que, unidas al aviso del de San Luis (en el diario Olé) sobre la ausencia de su compañero en Premier Pádel, la nueva competición de la FIP y la empresa catarí QSI; insinuaron ligeras fisuras en el proyecto al que dan forma.

En esta final en Valencia, no obstante, el panorama fue a peor. Lebrón y Galán, con un apabullante despliegue inicial, situaron el listón tan lejos que para los argentinos la prioridad, durante muchos momentos, no fue alcanzarlo; sino hacer pie en el enfrentamiento.

Afilados en la red, eléctricos en las transiciones y demoledores en el remate, los números uno no ofrecieron resquicios y situaron el duelo a un paso de su epílogo. Con 2-6 y 3-5 en contra, Sanyo y Tapia enfilaban el último tramo de su paseo por la tabla.

“A veces se malinterpreta una actitud cuando hay un silencio en la pista”, afirmó después el de San Luis tras consumar la remontada. “Mi silencio hoy era yo dándole vueltas a la máquina buscando la manera de parar a estos dos animales. A mí, sinceramente, me parece que es de lo, mejor que ha dado el pádel; esta pareja, Juan y Ale, es excepcional. Y ese silencio que por ahí mantengo, muchas veces lo confunden. Solamente quiero explicar que mi cabeza no para de pensar y de buscar solución, y nunca tiro la toalla”, trató de aclarar.

En realidad, el silencio ya había explicado mucho mejor su juego que sus posteriores palabras. El magistral jugador no se desesperó en ningún momento. Con su compañero fuera de senda, en un ejercicio suicida que le llevaba a chocar una y otra vez contra el infranqueable muro que les habían levantado; Sanyo encontró la luz en su propia circunspección.

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Foto: WPT.

Así, halló a tiempo las riendas y logró dictar un nuevo rumbo. Todo en silencio. Donde no había espacios, los encontró por arriba con un recital de globos imposibles, a cada cual diferente, todos precisos. Le encontró hueco, también, a la chiquita. Descubrió algunos ángulos. Todo con un sentido pleno. Su conocimiento del juego es sublime.

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Fue ese dictado el que activó a su compañero. O como apuntó el propio Sanyo, una vez victorioso, «lo despertó»: “Agus (Tapia) es un jugador que yo sé que, en el momento en que puedo ayudarle un poquito y se despierta, está al nivel de los mejores. Yo solo aporto un poquito de experiencia”.

Su experiencia, esa serenidad, esa calma… Y todo ello ante dos rivales que se manejan en lo opuesto: el estruendo. Por momentos fue como Sebastian Bach al frente de una actuación de Metallica. Con mano fluida y golpes firmes, sometió al ruido, lo gobernó y lo acabó derrotando.

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Así se fraguó la remontada. La hoja de ruta de Sanyo activó a Tapia, le regaló espacio, y el catamarqueño liberado, que necesita poco para elevarse, respondió como lo que es: un genio que aún debe descubrirse a sí mismo. No les hicieron falta muchas palabras entre ellos. El talento está por encima del lenguaje.

Fue como aquello de Larra, “¡Bienaventurados los que no hablan; porque ellos se entienden!”. Una radiografía de esta resurrección que dejó un parcial de 5-0 para situar sus opciones intactas en el tercer set.

El duelo, un relato bien diferente, acabó cayendo del lado del maestro de San Luis y el pupilo de Catamarca (2-6, 7-5 y 6-4). Un hecho ciertamente inimiginable durante gran parte del encuentro, el tiempo que tardó el trazo silencioso de Sanyo en hechizar el juego.

Así que fue, primero, la victoria. Luego, más tarde, las palabras. No hacían falta. A sus 38 años de edad, quien no quiere entenderle, ya no lo hará. Basta con que le disfrute. Shhhh. Juega Sanyo Gutiérrez. Un genio en silencio.  

Fotos: World Padel Tour.

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