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Fue sólo un instante. Apenas una mueca. En verdad, todo un discurso sin palabras el que gritó Willy Lahoz un segundo antes de encaminarse a recoger el trofeo que le distinguía como el Mejor Jugador del Estrella Damm San Fernando Open.

 

Su gesto fue tan efímero como revelador. Los focos le apuntaban. La megafonía atronaba su nombre. La música amplificaba su eco en aquel pabellón de Bahía Sur para dar mayor realce al momento. La ovación del público celebraba ese galardón que le distinguía a sus 43 años como la gran estrella de la prueba.

 

El madrileño, tras firmar una portentosa actuación en la gran final del torneo; tras desplegar su magia y su talento durante toda la competición, tras alzarse con el trofeo de campeón, escuchó aquellas dos palabras que le elevaban por encima del resto de jugadores.

 

Sensaciones contradictorias despertaron una reacción inmediata, espontánea, sincera. Lahoz, de inmediato, se giró hacia su compañero. Le miró. Le señaló con las manos, con los ojos, con su cuerpo. Incrédulo. Casi avergonzado. Una especie de disculpa hacia él. Su expresión era un auténtico grito sin palabras, una mezcla de alegría y lamento frente a la decisión de seleccionarle como el MVP de San Fernando Open. No es que no lo mereciera. Todo lo contrario. Pero él, que durante esa semana había entrenado y competido junto a Fernando Belasteguin, conocía la verdad, una verdad oculta para el resto.

 

Por eso, en sus manos, en su mirada, todo un discurso sin pronunciar: ¿Acaso no habéis visto el imponente torneo que ha realizado Bela? ¿No visteis su determinación en cuartos de final cuando más apretaban los canarios? ¿Os perdisteis todo lo que hizo en semifinales para remontar ante Maxi y Sanyo? ¿No habéis valorado cómo mi compañero ha conseguido que yo pudiera desplegar ese juego que ahora estáis premiando? ¿Cómo habéis podido olvidar quién es Belasteguin y todo lo que representa?

 

Los aplausos, la música, la megafonía, las fotos, las palmadas en la espalda ahogaron su mensaje en apenas un segundo. Lo hundieron en las profundidades para elevarle a él hacia la gloria ante la mirada de todos, también de su compañero. El Open de San Fernando buscaba un ídolo y ya lo había encontrado. Pero Willy iba más allá de los fuegos de artificio. Conocía la verdad tras una semana junto al número uno. Por eso, su abrazo a Bela al regresar del escenario, con el trofeo en la mano, estaba lleno de complicidad, de agradecimiento, de admiración.

 

Porque, en realidad, nadie hizo más que el propio Belasteguin para que Willy ocupara ahora ese podio. No sólo con su juego. También con sus gestos, con sus palabras, con sus miradas. Con su apoyo, con su entrega, con sus abrazos. Desde ese primer instante en que Bela llamó a Lahoz para proponerle jugar juntos en San Fernando (por la lesión de Lima en Barcelona), el de Pehuajó allanó el camino a su compañero, se afanó por liberarle de presión, por demostrarle su absoluta confianza, por mostrar su respeto hacia su trayectoria, su admiración a su talento.

 

Sólo tenían un puñado de días para entrenar antes de competir juntos por primera vez, antes de enfrentarse a parejas consolidadas, con semanas, meses, incluso años de andadura juntos. Nada de eso arredró al argentino que trató de derribar cualquier barrera que importunase a su compañero.

 

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Foto: WPT.

 

El culmen de todo aquello fue en la gran final. ¡Tú sólo! ¡Increíble! ¡Tú sólo! Los gestos de Bela tras cada punto, tras cada golpe maravilloso de Willy, resultaron evidentes. Un mensaje claro en tres direcciones. A su compañero, por supuesto, para hacerle ver, para hacerle sentir que ese momento le iba a pertenecer. A su rivales, para que asumieran a cada instante la grandeza de este jugador, para que entendieran que no estaba solo. Y al público, finalmente, que acabó entregado a él. En territorio Paquito, a escasos kilómetros de su Sevilla, Willy conquistó los corazones de la afición.

 

Bela, de esta forma, señaló claramente a Willy. Puso el foco en sus aciertos. Lo elevó por encima incluso de él mismo. Y eso es mucho. Muchísimo. Para Lahoz debió resultar tan reconfortante como estimulante recibir las reverencias públicas de todo un número uno, un mito capaz de liderar el padel profesional durante 13 años, de alguien que ha compartido pista durante más de una década con el mayor genio de este deporte. Ahora, esa leyenda le subía en brazos. Algo así, sin duda, da alas a quien ya de por sí rebosa magia.

 

Por eso, el reconocimiento a Lahoz como mejor jugador fue, en parte, otro trofeo más de Bela.

 

El mejor compañero

 

La actitud de Belasteguin, en verdad, no es novedosa. Lo ha hecho una y otra vez con Juan Martín a lo largo de los 13 años que han estado juntos. No ha perdido nunca la oportunidad el argentino de elogiar a su compañero. De alzarlo a lo más alto. Incluso en los peores momentos. Antes con El Galleguito. Ahora con Willy. Lo hará también con Pablo Lima. Porque para Bela, el suyo es siempre el mejor compañero que puede tener. Y esa creencia no es una impostura en él. A Bela, esa condición no sólo le sirve para reforzar la confianza de su pareja sino, sobre todo, para elevar su nivel de autoexigencia, para marcarse una meta: si juego junto al mejor, debo estar a la altura.

 

Ese espíritu, esa ambición, ese hambre permanente es el que alimenta el corazón competitivo de un número uno. Fernando Belasteguin. Más allá de estadísticas, resultados y palmarés, el objetivo de Bela es la competición. Ahí reside su éxito.

 

Él es el primero en correr, en presionar, en apretar. No desfallece ni en las situaciones más adversas. No le detienen lesiones. No le importuna la presión. No desfallece ante ningún rival. Es siempre el primero en ir al frente y también el último en recoger su medalla. El de Pehuajó es más de sudor y sangre que de oro y laurel.

 

En las derrotas, carga con la mochila. En los éxitos, se aparta a un lado. Lo que fue una constante en la etapa de Juan Martín lo volvió a repetir el pasado domingo en la final de San Fernando. Como si su liderazgo, su lectura del juego, su sacrificio, su inmenso talento no merecieran espacio en el centro del escenario.

 

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Juan y Bela era el nombre de la mítica pareja que dominó el padel durante más de un decenio. Juan, primero, y Bela, después. Siempre, Bela después. La magia y el sacrificio. El talento y el trabajo. El propio Belasteguin aceptó la etiqueta. La utilizó como motor. Ha sido su promesa, es su compromiso. Esa ruta le marca el camino. Pero hay, en verdad, mucho más.

 

En ese abrazo, el pasado domingo, estaba también la verdad de Belasteguin. En ese apretón, tras recoger el trofeo de mejor jugador, Willy Lahoz demostró conocerla. El español ha mirado tras la máscara del obrero para descubrir al genio. Ese que es capaz de descifrar los partidos. El escapista que domina el espacio. El metrónomo que controla el tiempo. Bela es el guerrero que defiende con el alma. El  estratega que hipnotiza con el globo. El artillero que percute con el remate. La centella que achica la pista. El mentalista que anticipa la jugada.

 

Sí, Bela es trabajo y sacrificio. Esfuerzo y superación. Valores que él mismo expone como algo mundano y que a él, en cambio, le han servido para alcanzar el Olimpo. ¿Acaso no es talento?

 

“Hacer con soltura lo que es difícil a los demás, he ahí la señal del talento; hacer lo que es imposible al talento, he ahí el signo del genio”.

 

La cita, del escritor suizo Henry F. Amiel, define a la perfección a este carácter incontenible, a este portento de mentalidad granítica, de ánimo irreductible, a un espíritu incorformista que evoluciona cada día, que consigue mejorar él, que ayuda a mejorar a su compañero, que obliga a hacerlo a sus rivales.

 

abrazo juan martin belasteguin semifinal world padel tour malaga 2013

 

Fernando no es Juan Martín Díaz. Nunca lo ha pretendido. El argentino se ha empeñado una y otra vez en hacerlo patente, por más que en muchas ocasiones, sus actuaciones superaran a las de su entonces compañero. Pero tampoco El Galleguito es Bela. Y fue el de Mar del Plata quien se fijó en él, quién llamó a ese joven veinteañero cuando pudo conseguir a cualquiera. Juan sabía lo que le ofrecería en la pista. Pero El Bela le dio mucho más. Le entregó su ambición y su coraje, su físico, su corazón, su alma, y sobre todo eso, en parte, Martín Díaz ha construido su leyenda.

 

Ahora, tras 13 años en la cima, ya no caminan juntos. Bela sigue su camino. Ese que tiene como sendero el trabajo y la superación. Ese que tiene como meta la entrega absoluta. Lo hace con Pablo Lima. En su ausencia, con Willy Lahoz. Y si es necesario, con cualquier otro. El mejor compañero que pueda tener. Aquel que merece su esfuerzo absoluto.

 

Al acabar el Estrella Damm San Fernando Open, muchas voces celebraron que el padel, por fin, había saldado una deuda con el madrileño Willy Lahoz. Así es. La coronación del madrileño resultó una inmensa alegría, tan merecida como demorada en el tiempo. Ahora bien, la deuda que tiene este deporte con Bela, en cambio, será difícil, casi imposible, de liquidar.

 

Pero eso a Bela no le importa mientras tenga pista para correr y compañero al que acompañar.

 

“A menudo los grandes son desconocidos o peor, mal conocidos”. Thomas Carlyle, historiador, ensayista inglés y crítico social.

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