Juan Lebrón está de gira en los medios. Su última parada, hasta ahora, ha sido el programa La Resistencia, que emite Movistar. Hace unos días pasó por El Chiringuito, de Mega. Y antes, hizo desfilar su condición de número 1 del ranking profesional por varios periódicos y numerosos portales web.

El gaditano se encontró hace tiempo con un regalo inesperado, el personaje de El Lobo, y ha decidido entregarse por completo a él. Ahora, desde el éxito, trata de darle contenido, de crearle identidad más allá de las pistas.

Para ello, se ha desprendido de ataduras, ha dejado atrás a su propio compañero, ha reclamado el escenario y se ha situado bajo los focos como única estrella. El riesgo es que, mientras su pádel le señala como un genio, su verbo puede acabar convirtiéndole en una caricatura.

El Lobo: ha nacido una estrella

De alguna manera, es algo lógico el interés mediático que está generando. Los medios de comunicación compran fácilmente este tipo de historias de éxito, sobre todo cuando encuentran un personaje claro sobre el que poner el foco para humanizar el relato.

En este caso que un joven de 24 años haya logrado ser el primer rey español del pádel resulta un reclamo suficiente. Y para el pádel es una gran noticia. Otra cuestión es la manera en la que se da forma a esta narrativa y el rol que asume el protagonista.

Lebrón, de momento, ocupa la escena encantado y nos muestra cómo ha mutado su piel. Aquel talento emergente de principios de temporada que aún tenía mucho por demostrar parece haber dado paso a una figura envalentonada desde el éxito que mira a todos desde la cima. Es El Lobo.

De Juan Lebrón a El Lobo

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Foto: WPT.

La explosión de Juan Lebrón esta temporada es innegable. Por mucho que sus prodigiosas condiciones le señalaran desde su etapa de menores como uno de los elegidos para este deporte, su despegue definitivo se ha producido este curso.

Termina el año en lo más alto tras haberlo comenzado sin saber lo que era ganar un título grande de World Padel Tour. Por el camino, ha conquistado hasta 5 entorchados (a falta del Master Final) aunque más relevante aún ha sido el impacto que su juego ha tenido en la competición.

Aceptó cambiar de lado, se trasladó a la derecha y, desde ahí, se ha desplegado con tal brillantez que ha modificado algunos conceptos asentados en este deporte. Su actuación, seguramente, le define como el jugador más determinante de la temporada.

Sin embargo, pese a sus 24 años y sus enormes cualidades, todavía no era alguien con una marca personal definida. Su excesiva timidez y su escasa elocuencia han dejado que su pádel se expresara por él. Le faltaba una identidad propia y un relato que explicase cuál es su historia. Ahora está en ello.

Hoy todo el mundo conoce a El Lobo, el apelativo que el narrador de las retransmisiones del circuito le endosó al jugador y que, en la actualidad, el propio Lebrón iza con orgullo como bandera propia.

Tras comprobar cómo la grada aúllaba sus jugadas allá donde iba el circuito, el jugador y su entorno han aprovechado para fabricar su propia marca en torno a este icono cánido.

Convertido ya en un sello propio, ahora trata de aportarle contenido y su conquista del ranking le ha servido para darle el impulso decisivo.

De meritorio a dueño de la escena

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Foto: WPT.

Juan Lebrón, con el palmarés aún en blanco, comenzó la temporada con la oportunidad de jugar junto a Paquito Navarro, la gran esperanza española. A sus 30 años, el sevillano perseguía ese sueño para el que parecía estar predestinado durante toda su carrera y que no acaba de cumplirse.

El Lobo, que todavía no lo era, aceptó desde el inicio la jerarquía de su compañero. No sólo se trasladó a la derecha sino que le reconoció su autoridad y le otorgó la condición de líder.

Poco a poco, conforme el juego del gaditano fue abriéndose paso, a medida que llegaban las victorias y los títulos, con la grada cada vez más enloquecida con sus diabluras, el propio Lebrón fue acaparando más los focos mientras iba tomando conciencia de su creciente posición.

El Lobo empezaba a imponer su marca y lo hacía en las narices de quien más había trabajado la suya.

El pulso soterrado que se desató entre dos egos tan potentes era una bomba de relojería. Lo mismo podía servir de motor incombustible de la pareja que hacerla saltar por los aires.

Aún así, el día que Juan Lebrón coronó la clasificación (semifinales del Sao Paulo Open) y se convirtió en el primer jugador español en pisar la cima del pádel mundial, El Lobo se contuvo, no se reivindicó y aún mantuvo el reconocimiento a su compañero, Paquito Navarro. Éste le exigió que le devolviera el favor y le ayudara a él a alcanzar también el número uno (ocurrió justo en la jornada siguiente) pero la afrenta estaba hecha. El sevillano ya no podría ser nunca el primer español en dominar el ranking.

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Al día siguiente, tras ganar la final del torneo brasileño, el del Puerto de Santa María se encontró en directo con una pregunta imprevista de uno de los periodistas del circuito acerca de la continuidad de su proyecto con Navarro en 2020. La escena que se produjo resultó reveladora.

A las dificultades de Lebrón para dar una respuesta convincente se sumó el imperturbable gesto de Paquito, a su lado. Uno se esforzaba por expresar un anhelo mientras el otro parecía ocultar una decisión ya tomada.

Puedes ver el momento a partir del 6’04”.

Hoy ambos, con su futuro aún por confirmar, comparten la gloria. Los dos ocupan el número 1 del ranking del pádel profesional. Tienen los mismos puntos en la clasificación aunque la distancia que les separa es abismal.

Han logrado una conquista conjunta pero quien se pasea por los platós de televisión es únicamente El Lobo y, en su desfile nos muestra una transformación evidente. El jugador que reverenciaba a su compañero ha dejado paso a la estrella absoluta del show. Sólo hay sitio para él.

Buscando su piel

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Foto: WPT.

Lebrón busca aprovechar su momento. Está claro. Al fin es una celebridad (del pádel) y ha trazado un plan para sacarle partido. Ha buscado quien le abra las puertas de esos escaparates mediáticos para asomar ahí su marca y se ha entregado de lleno a la faena.

Sin embargo, el mensaje que ofrece está poco elaborado. El relato del gaditano, de momento, está resultando errático. Un día ejerce de yerno ideal y, al otro, de gamberro. Como si, por ahora, ya le bastara con aparecer por más que no haya definido qué quiere ser y cómo quiere que le muestren.

Sus lágrimas en El Chiringuito, cuando le enseñaron los testimonios de sus familiares y amigos de la infancia, rescataron la historia del joven modesto que alcanza el éxito tras buscarse la vida fuera de casa. Un relato de esfuerzo y superación con final feliz. Una aproximación humana a El Lobo que facilita la conexión emocional con él.

Una semana después, en La Resistencia, el jugador mutó de piel. Del humilde aventurero no hubo rastro. Su lugar lo ocupó un personaje vacilón, por momentos, arrogante. Probablemente, Lebrón quiso adaptar su mensaje al tono que demanda el programa de Broncano pero demostró que le falta mucho oficio para ello. Quiso ser natural, demasiado, y desbarró de tal manera que acabó ridiculizando su propia historia.

La voracidad de El Lobo y su caída al foso

De pádel habló poco en el programa. Casi nada. Sólo lo hizo para enviarle un mensaje claro a su compañero: el número 1 es suyo.

No tuvo ningún pudor en reclamar en solitario la gesta conseguida por más que ambos compartan hoy la cima. Ni siquiera atendió al hecho de que el origen de la diferencia que le encumbró antes a él esté en un puñado de puntos logrados de manera circunstancial. Dio igual. “Sí, pero yo lo fui antes, por una semana”, repitió el jugador varias veces con una sonrisa maliciosa. Aquello no era una broma sino una puñalada.

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Y es que Lebrón ya no sólo figura como el primer español en ser número uno. Es que, directamente, se ha apoderado de esa cumbre. El Lobo ha devorado a Paquito y, al parecer, se ha quedado con el botín.

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Foto: WPT.

Lo peor, sin embargo, fue lo que vino después. La historia de la mierda y el sexo, una anécdota sobre la que acabó perdiendo el control y le convirtió en el bufón de la velada.

Lebrón, sorprendentemente, dedicó casi un cuarto de la entrevista a relatar cómo una noche se cagó encima mientras acompañaba a una chica a su casa, cómo se limpió en una obra y cómo subió luego al piso de la joven para “triunfar”, pese a estar de mierda hasta arriba.

Broncano no desaprovechó aquella oportunidad impagable y convirtió a su invitado en la excusa perfecta para su lucimiento personal. A esas alturas, ya no tenía delante ni a un número uno ni siquiera a un jugador de pádel, sólo a un chico de 24 años víctima de su propia ignorancia.

Al parecer, la feliz idea de contar dicha experiencia en televisión fue del manager del propio Lebrón. Aquel detalle le pareció significativo de una carrera, de una vida, para regocijo del ingenioso presentador.

Tal vez fuera el precio que tuvieron que pagar por mostrar durante unos segundos la pala de la firma que patrocina al jugador. Igual les saldrá rentable en el plano económico pero en cuestión de imagen resultó denigrante.

El incomprensible ejercicio de escarnio público lo había provocado el propio agente del jugador. De todas las anécdotas posibles de un número uno, de un deportista profesional, de un jugador que lleva toda una vida compitiendo, eligieron aquella. Y Lebrón se prestó sin reparo. ¿Por qué?

Quizá el lúcido manager debió pensar que mejor era provocar ruido que causar indiferencia. Algo similar al llamado Síndrome del Foso de la Orquesta (Orchestra Pit Theory), la teoría de aquel célebre productor televisivo, Roger Alies, impulsor de Fox News y asesor de varios presidentes republicanos de EE.UU, que planteaba con mucha claridad el fenómeno de la espectacularización de la información:

Si tienes a dos hombres en un escenario y uno de ellos dice “Tengo la solución al problema de Oriente Medio” y el otro hombre cae al foso de la orquesta, ¿quién crees que va a salir en los informativos de la noche?

Pues El Lobo, empujado por su propio representante, fue de cabeza al foso y luego, se mostró incapaz de salir de él.

El jugador y su entorno, sin embargo, olvidaron un detalle importante. Lebrón era el invitado en aquel programa pero, de alguna manera, no acudía sólo en representación suya.

Sentado en aquel sofá, hubiera sido fácil adivinar con él a su propio compañero, actor crucial de su éxito; a sus entrenadores, los de hoy y los de ayer; a todos sus rivales, que le han exigido lo mejor de él para poder alcanzar la cima; a sus predecesores en el trono, auténticas leyendas de este deporte; y, en definitiva, a todo el pádel, un deporte que busca su camino. La pestilencia del regalo que le hizo a la audiencia espantó cualquier recuerdo digno.

El día en que, por fin, este deporte encontraba un hueco en exclusiva en aquel espacio, no se habló de él. El jugador y su entorno optaron por defecar su mierda con gusto en aquel plató mientras el hedor traspasaba las pantallas e inundaba las redes.

Objetivo cumplido, parece.

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Foto: WPT.

Puede que el episodio no haya sido más que la combinación de una mala idea (del manager) y la falta de oficio con los medios (de Lebrón). Aunque no estaría de más que el equipo del jugador volviera a ver la entrevista y repasará su estrategia de cara a futuros compromisos mediáticos. Hay mucha diferencia entre un plató de televisión y la barra de un bar (o de una “biblioteca nocturna”) aunque, a veces, no lo parezca.

De paso, sería más que recomendable que el propio Lebrón reflexionara sobre el rol que desempeña en el deporte que practica, la responsabilidad que tiene y la que está dispuesta a asumir.

La explotación de El Lobo está muy bien pero puede acabar devorándole a él mismo si escapa a su control. Mientras define qué quiere ser, haría bien en dejar que el inmenso talento que exhibe en una pista hablase mejor por él.

Por ahora, el jugador ya ha conseguido hacer realidad aquello que le gritaron unos pocos desde la grada de La Rural este año: El Lobo Cagón.

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