John Wooden, mítico entrenador estadounidense de baloncesto, ganó 10 campeonatos de la NCAA con el mismo equipo en 12 temporadas; 7 de ellos fueron consecutivos. El hombre, una eminencia en el basket de EEUU (falleció en 2010), soltó una vez: “Ganar requiere talento; repetir requiere carácter”.

A tenor de lo ocurrido en la final femenina del Cerdeña Open 2020 el pasado domingo, el segundo título de Marta Marrero este curso debe estar al caer.

La jugadora canaria, que suma 23 entorchados de World Padel Tour, protagonizó tal exhibición de carácter en el duelo definitivo que, pese a caer derrotada, acabó eclipsando, en parte, el brillante triunfo de Gemma Triay y Lucía Sainz.

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El paso al frente

Lo sucedido sobre la moqueta azul instalada en el Cagliari Tennis Club fue uno de esos momentos que permiten comprobar la dimensión de una deportista.

Con todos los elementos en contra, Marrero se revolvió y le dio la vuelta al juego con una actuación llena de coraje, valentía y determinación. Su figura se agigantó de tal manera que terminó por trascender el marcador final. Fue la clase de intervenciones que marcan la diferencia entre una gran jugadora y una número uno.

Porque el escenario, en realidad, invitaba más al hundimiento.

A la media hora de la final, ya perdía por 6-0. Con grilletes en los tobillos, la canaria y su compañera Paula Josemaría habían sido vapuleadas por el vendaval de pádel que desataron sus contrarias.

Tres horas antes de aquello, Marrero y la joven cacereña habían sufrido para ganar a las gemelas Alayeto en tres sets (6-1, 6-7 y 6-3). Eran las semifinales del torneo, que se jugaron el mismo día de la final porque World Padel Tour, falto de alternativas ante la aparición de la lluvia en días previos, decidió doblar la última jornada.

Gemma y Lucía, en cambio, habían despachado su duelo de semis ante Bea y Martita con mucha autoridad y menos exigencia (6-3 y 6-3).

Todo ello se notó en el inicio de la final. Las de Rodri Ovide volaron sobre la moqueta desde la primera pelota, implacables, con un despliegue que siempre fue una o dos velocidades por delante de dos adversarias impotentes, dos espectros en aquella alfombra azul incapaces de hacer pie durante seis juegos consecutivos.

La debacle sufrida en ese primer acto bien pudo haber hundido a Marta y Paula por la magnitud del repaso que recibieron. Si no ocurrió así fue, en gran medida, por la formidable respuesta que Marrero protagonizó a su regreso del banco.

Lejos de atormentarse, la jugadora dio un paso al frente, consciente de su jerarquía, y lideró una reacción monumental.

Hace tiempo que la aruquense instaló su huella en el territorio de las grandes estrellas del pádel mundial. Meritoria durante algún tiempo, a base de talento se fue despojando de esa etiqueta de cuerpo extraño que le confería su pasado tenístico y su tardía llegada al pádel. Junto a varias figuras ilustres (Nela Brito, Cata Tenorio y Ale Salazar) se configuró un prestigio. En 2019, ya junto a Marta Ortega, la jugadora cogió las riendas de su propio espacio y cruzó el último peldaño para colocar su nombre en lo más alto del ranking.

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En la final de Italia, Marrero estuvo a la altura de esa condición de número uno, una categoría más que un lugar en la clasificación. No rehusó su responsabilidad ni se entretuvo con excusa alguna. Comprendió que la única manera de salir de aquel pozo era con una respuesta radical y se echó el partido a la espalda.

El suyo fue un arrebato de raza, de orgullo de campeona. El impacto en el juego fue notorio.

Desde el banco, Alday preparó a Josemaría, diana descarada de sus contrarias, para hacer kilómetros. Le pidió que insistiera con el paralelo sobre Gemma para empujar atrás a la jugadora que más daño estaba haciendo y, sobre todo, para abrirle camino a su compañera. Del resto se encargó la propia Marrero.

La jugadora, acostumbrada a trabajarse a cociencia sus subidas a la red, no contemporizó esta vez. Acortó las transiciones y se abalanzó sobre la cinta a la más mínima con una valentía tremenda incluso buscando el cuerpo a cuerpo. Resultó tan intimidante que Sainz y, sobre todo, Triay, figura indiscutible hasta el momento, alteraron el paso.

El efecto del arrebato de Marrero también activó a su compañera. Superaron un 3-1 en contra, equilibraron el juego y acabaron mandando en el marcador. Cuando finalizó el segundo set, la de Black Crown ya tenía el partido en sus manos.

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Fuente: WPT.

Marrero, contra la adversidad

Pero la calamidad, presente durante toda la competición, quiso intervenir también en la final. Con bola de break a favor para el 2-0 en el tercer set, Marta se torció el tobillo en un movimiento extraño y cayó al suelo de inmediato. Saltaron las alarmas.

Hace una década, la jugadora tuvo que retirarse del tenis tras no poder superar una lesión en su tobillo izquierdo que le llevó al quirófano, la misma articulación que ahora se había girado en un raro escorzo.

Marrero se levantó y salió de la pista dando saltos sin apoyar el pie. No esperó ni a recibir ayuda de sus compañeras. A esas alturas, dominaba por completo el escenario. En el banco, recibió la atención del fisio pero no le permitió ni vendarle el tobillo. Fue ella misma quien lo hizo ante la mirada del especialista, sabía lo que le ocurría y lo que necesitaba. Tras ello, regresó a la pista renqueante.

La oportunidad de break se esfumó y la ofensiva parecía frenarse en seco.

A su regreso, Marrero mostró evidentes problemas para desplazarse. Renunciaba, incluso, a correr determinadas pelotas. Parecía, ahora sí, el mazazo definitivo. Pero ella no lo sintió así. Más convencida de sus posibilidades, la de Black Crown insistió con el plan y, esta vez, le añadió más mordiente desde el fondo de pista.

Fue una versión demoledora de la número uno, prácticamente inédita. Marrero se liberó y lució repertorio. Optó por evitar las bolas blandas. Cada pelota que le llegó al fondo la apretó con una fiereza extrema. Exhibió con asiduidad su poderoso revés a dos manos que habitualmente limita a determinados momentos, y jugó también con su derecha por abajo, algo en lo que no se prodiga mucho (prefiere salir de globo).

Con aquello no solo buscaba evitar ser dominada desde la cinta por sus dos afiladas rivales. Era, además, un mensaje bien claro: lo iban a tener difícil para aprovechar su debilidad.

Afloró su pasado en el tenis. Los recursos técnicos y la experiencia competitiva le permitieron sostenerse, su coraje le impulsó hacia arriba. No se permitió lamento alguno. Insistió e, incluso, llegó a sonreir con su compañera ante el desconcierto de Lucía y Gemma, que no encontraban la manera de despegarse.

A su lado, Josemaría cambió el trazo. Amplió su radio de acción y agitó el juego.

Dos bolas de partido a favor tuvieron en el tie break decisivo. Dos oportunidades para rubricar la machada. No lo hicieron. Le faltó temple a Paulita. Triay y Sainz fueron más certeras y pudieron amarrar su primer título del año. Merecido, sin duda.

Pero la lección de Marrero no fue en vano. Su actuación le despejó un camino con más sombras que luces hasta el momento.

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Foto: WPT.

El peso de un proyecto

Aunque trabajo no les falta, debe haber cierta ansiedad en la pareja ante la falta de resultados y, sobre todo, porque no acaban de mezclar bien el juego.

La alianza con su actual compañera fue una decisión arriesgada de Marrero, no por el potencial de Paula, algo incuestionable, sino porque suponía romper el proyecto que dominó con autoridad el circuito profesional durante todo el pasado curso.

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El duelo por el título en Cerdeña era la tercera final que alcanzaba esta dupla en el curso. Aunque la temporada es completamente anómala, no era el escenario previsto cuando Marrero, tras un 2019 soberbio, decidió reclutar a la joven cacereña, la revelación del curso.

Con aquella decisión la jugadora canaria buscaba situar el centro de operaciones en Barcelona, donde reside. Por ello, Paula dejó Valladolid y se trasladó a la Ciudad Condal. La apuesta, hasta el momento, no ha funcionado del todo. Sobre la alfombra, no han dado la impresión de terminar de mezclar bien.

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Cuando Marrero despachó a Marta Ortega, con quien coronó el ranking de 2019 tras ganar 7 títulos, estaba renunciando a la solidez en el juego que cimentó aquel éxito. A cambio, buscaba más mordiente con el fichaje de la joven zurda. No ha sido así. La Josemaría de este 2020, de momento, no se parece a la descarada e imprevisible jugadora del curso anterior. Le falta frescura, atrevimiento, como si la tutela de la número uno hubiese frenado su aceleración por exceso de responsabilidad o presión.  

Pero también Marrero ha estado lejos de su mejor versión en este curso. La propia jugadora lo ha reconocido, incluso, públicamente.

Sin embargo, aunque solo lleven un título de siete posibles, la irregularidad de todas las favoritas este año mantiene intactas las opciones de Marrero y Josemaría. Las AS, únicas bicampeonas hasta la fecha, tampoco están aprovechando la ocasión. En Italia cayeron en cuartos y han cedido la primera plaza de la RACE 2020 a Marta y Paula.

En este escenario, el ejercicio de Marrero en la final de Cagliari le puede marcar un camino entre tanta tiniebla. Su liberación fue un recordatorio de su condición de número uno. A sus rivales, sin duda, pero, sobre todo, a sí misma.

 

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